Resulta que uno se da cuenta, cuando ya no le queda tanto por vivir, de lo que ha buscado instintivamente a lo largo de los años. He ido en busca de la cultura, el pensamiento, la sensibilidad, el señorío, y nada de lo que he ido a buscar fue más grande que lo que dejé: ni la cultura fue más ancha, ni el pensamiento más alto, ni la sensibilidad más honda, ni el señorío mayor. Voy a tratar de recuperar con y para ustedes esa grecidad, aquello que se gestó en el siglo más denso de la historia humana, en la Atenas del siglo v a.C., la ciudad de la tragedia y de Sócrates. Algo único ocurría, todo cambiaba, se formaban las ideas de ley, de democracia y de dulzura. Algo intemporal nacía, verdades que subsisten hasta hoy. Los sofistas enseñaban el arte de razonar y de discutir y todo aquello nos deja el sentimiento de su actualidad. ¿Cómo y por qué ocurrió? Grecia no ha conquistado ningún pueblo, no dio a ninguno sus instituciones, ni siquiera ha sabido hacer su propia unidad, ha sido vencida por los macedonios y, más tarde, por los romanos. Aunque creó colonias alrededor del Mediterráneo, solo fueron islotes de población griega que no buscaban anexar o dirigir. La cultura griega no tenía a priori, ninguna oportunidad de expandirse fuera de Grecia y, sin embargo, en Roma, la gente culta hablaba griego, el teatro romano fue, a menudo, una simple traducción del teatro griego La epopeya romana con Virgilio torno la secuencia de la Ilíada. Y ahí estamos, herederos de todo aquello, respirando a cada instante el aire de Grecia. Nuestros cohetes tienen nombres griegos —Ariadna, Hermes—, nuestras palabras son griegas -eutanasia, metabolismo—, ¿qué pasó entonces, allá? Un siglo, el V a.C., ha inventado la reflexión política ha creado la tragedia, la comedia, ha elaborado historia con Heródoto y, más tarde, con Tucídides ha inventado la retórica. Algo ocurrió que iba a dar a la inteligencia y a la sensibilidad humanas una finura inaudita.
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