Vivimos en una época que vende paz a bajo costo. Se promete tranquilidad mediante el entretenimiento, el consumo, la evasión, la estabilidad económica o las técnicas de relajación. Es una paz superficial: calma por un momento la conciencia, pero no puede responder al problema más profundo del hombre: su enemistad con Dios. Es una paz barata porque no trata la causa de nuestro vacío y extravío; simplemente nos distrae de ellos.
La Escritura presenta una paz completamente distinta. La paz del evangelio no fue producida por un acuerdo entre Dios y el hombre, ni por el esfuerzo moral de la humanidad. Fue comprada. Costó un precio infinitamente alto: la sangre del Hijo eterno de Dios - "Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas... haciendo la paz mediante la sangre de su cruz." (Colosenses 1:20)
Con frecuencia hablamos de la salvación como un regalo gratuito —y ciertamente lo es para nosotros—, pero olvidamos que ningún regalo es realmente gratuito para quien paga su costo. La gracia no significa que la salvación no tenga precio; significa que el precio no lo pagamos nosotros. Cristo lo pagó en nuestro lugar.
Nuestra redención no fue adquirida con bienes materiales, esfuerzos religiosos o méritos humanos - "Sabiendo que fuisteis rescatados... no con cosas corruptibles, como oro o plata... sino con la sangre preciosa de Cristo." (1 Pedro 1:18-19)
Cada gota de esa sangre proclama la santidad de Dios, la gravedad de nuestro pecado y la inmensidad de su amor. En la cruz no vemos un Dios que simplemente decidió ignorar la culpa; contemplamos al Juez justo satisfaciendo plenamente su propia justicia para poder justificar al pecador que cree en Cristo (Romanos 3:25-26).
Por eso la paz verdadera es una paz cara. Costó el abandono, el sufrimiento, la obediencia perfecta y la muerte del Cordero de Dios. Allí fue derribado el muro de separación; allí cesó la enemistad; allí los rebeldes fueron adoptados como hijos y los enemigos fueron recibidos como amigos de Dios - "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." (Romanos 5:1)
Esta verdad debería producir en nosotros un asombro permanente. Cuando olvidamos el precio de nuestra salvación, la gracia comienza a parecernos algo común. La adoración pierde profundidad, la obediencia se vuelve liviana y la gratitud se enfría. Pero cuando recordamos que nuestra paz fue comprada con sangre, aprendemos a valorar más a Cristo que todos los tesoros del mundo.
La iglesia nunca debe acostumbrarse a la cruz. No existe un solo día en que el creyente deje de necesitar la sangre de Cristo. Cada oración aceptada, cada pecado perdonado, cada acto de adopción, cada esperanza de gloria y cada instante de comunión con Dios descansan sobre el mismo fundamento: el sacrificio perfecto del Señor Jesucristo.
La paz del mundo cuesta poco y dura poco. La paz de Dios costó la vida del Salvador y dura para siempre. Una adormece la conciencia; la otra la limpia. Una es circunstancial; la otra es eterna. Una evita el conflicto exterior; la otra elimina la condenación delante del Dios santo.
Vivamos, pues, contemplando el precio de nuestra paz. Que nunca llamemos "barata" a una gracia que costó la sangre del Hijo de Dios. Si nuestra reconciliación costó tanto, nuestra respuesta no puede ser la indiferencia, sino una vida de creciente devoción, humilde obediencia y profunda gratitud a Aquel que "nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre" (Apocalipsis 1:5).