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unaVidaReformada

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著者: samuel hernández clemente
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mirando la vida desde la perspectiva de Diossamuel hernández clemente キリスト教 スピリチュアリティ 聖職・福音主義
エピソード
  • PAZ de la buena; de la cara
    2026/07/21

    Vivimos en una época que vende paz a bajo costo. Se promete tranquilidad mediante el entretenimiento, el consumo, la evasión, la estabilidad económica o las técnicas de relajación. Es una paz superficial: calma por un momento la conciencia, pero no puede responder al problema más profundo del hombre: su enemistad con Dios. Es una paz barata porque no trata la causa de nuestro vacío y extravío; simplemente nos distrae de ellos.

    La Escritura presenta una paz completamente distinta. La paz del evangelio no fue producida por un acuerdo entre Dios y el hombre, ni por el esfuerzo moral de la humanidad. Fue comprada. Costó un precio infinitamente alto: la sangre del Hijo eterno de Dios - "Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas... haciendo la paz mediante la sangre de su cruz." (Colosenses 1:20)


    Con frecuencia hablamos de la salvación como un regalo gratuito —y ciertamente lo es para nosotros—, pero olvidamos que ningún regalo es realmente gratuito para quien paga su costo. La gracia no significa que la salvación no tenga precio; significa que el precio no lo pagamos nosotros. Cristo lo pagó en nuestro lugar.

    Nuestra redención no fue adquirida con bienes materiales, esfuerzos religiosos o méritos humanos - "Sabiendo que fuisteis rescatados... no con cosas corruptibles, como oro o plata... sino con la sangre preciosa de Cristo." (1 Pedro 1:18-19)

    Cada gota de esa sangre proclama la santidad de Dios, la gravedad de nuestro pecado y la inmensidad de su amor. En la cruz no vemos un Dios que simplemente decidió ignorar la culpa; contemplamos al Juez justo satisfaciendo plenamente su propia justicia para poder justificar al pecador que cree en Cristo (Romanos 3:25-26).


    Por eso la paz verdadera es una paz cara. Costó el abandono, el sufrimiento, la obediencia perfecta y la muerte del Cordero de Dios. Allí fue derribado el muro de separación; allí cesó la enemistad; allí los rebeldes fueron adoptados como hijos y los enemigos fueron recibidos como amigos de Dios - "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." (Romanos 5:1)


    Esta verdad debería producir en nosotros un asombro permanente. Cuando olvidamos el precio de nuestra salvación, la gracia comienza a parecernos algo común. La adoración pierde profundidad, la obediencia se vuelve liviana y la gratitud se enfría. Pero cuando recordamos que nuestra paz fue comprada con sangre, aprendemos a valorar más a Cristo que todos los tesoros del mundo.


    La iglesia nunca debe acostumbrarse a la cruz. No existe un solo día en que el creyente deje de necesitar la sangre de Cristo. Cada oración aceptada, cada pecado perdonado, cada acto de adopción, cada esperanza de gloria y cada instante de comunión con Dios descansan sobre el mismo fundamento: el sacrificio perfecto del Señor Jesucristo.


    La paz del mundo cuesta poco y dura poco. La paz de Dios costó la vida del Salvador y dura para siempre. Una adormece la conciencia; la otra la limpia. Una es circunstancial; la otra es eterna. Una evita el conflicto exterior; la otra elimina la condenación delante del Dios santo.


    Vivamos, pues, contemplando el precio de nuestra paz. Que nunca llamemos "barata" a una gracia que costó la sangre del Hijo de Dios. Si nuestra reconciliación costó tanto, nuestra respuesta no puede ser la indiferencia, sino una vida de creciente devoción, humilde obediencia y profunda gratitud a Aquel que "nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre" (Apocalipsis 1:5).

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    44 分
  • Un solo bautismo
    2026/07/10

    "Un Señor, una fe, un bautismo" (Efesios 4:5). Con estas palabras, el apóstol Pablo recuerda que la iglesia no solo comparte una misma doctrina, sino también una misma identidad. El bautismo no es un simple rito religioso ni una tradición eclesiástica; es un signo visible instituido por Cristo que proclama las realidades invisibles de su gracia y fortalece la fe del pueblo del pacto.

    En primer lugar, el bautismo es OBEDIENCIA. Nuestro Señor ordenó: "Id, y haced discípulos... bautizándolos" (Mateo 28:19). Quien recibe el bautismo confiesa públicamente que desea caminar bajo el señorío de Cristo, sometiéndose con gratitud a su voluntad. No nos bautizamos para ganar el favor de Dios, sino porque ya hemos sido llamados por Aquel que tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra.


    El bautismo también es SELLO. Como la circuncisión fue la señal del pacto en la antigua administración, el bautismo es ahora la señal visible del pacto de gracia (Colosenses 2:11-12). No produce automáticamente la salvación, pero identifica al creyente con el pueblo del Señor y le recuerda que pertenece al Dios que hace promesas y permanece fiel para cumplirlas. Es una marca de pertenencia al reino de Cristo y a su iglesia visible.


    Asimismo, el bautismo representa LAVAMIENTO. El agua no limpia el pecado por sí misma, sino que simboliza la purificación que el Espíritu Santo realiza por la obra redentora de Cristo (Tito 3:5; Ezequiel 36:25-27). Cada vez que contemplamos un bautismo recordamos que solo el Señor puede limpiar la conciencia, renovar el corazón y capacitarnos para vivir en santidad.


    El bautismo también expresa VÍNCULO. Por medio de Cristo no solo somos reconciliados con Dios, sino incorporados a un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). El bautismo declara que ya no caminamos solos: pertenecemos a una familia espiritual, compartimos una misma fe y servimos juntos como un solo pueblo. La comunión de los santos no es un accesorio de la vida cristiana, sino una consecuencia del evangelio que el bautismo anuncia.


    Finalmente, el bautismo señala nuestra ESPERANZA. Al identificarnos con Cristo en su muerte y resurrección (Romanos 6:3-5), confesamos que aguardamos el cumplimiento pleno de todas sus promesas. Miramos hacia el día en que la santificación será perfecta, el pecado desaparecerá para siempre y el pueblo redimido vivirá eternamente con su Salvador. Así, el bautismo no solo recuerda la gracia recibida, sino que también dirige nuestra mirada hacia la gloria venidera.


    “Un solo bautismo” nos recuerda, entonces, una sola obediencia, un solo pacto, una sola limpieza, un solo pueblo y una sola esperanza. Quienes han sido marcados con esta señal son llamados a vivir de manera digna del evangelio, perseverando en la fe hasta el día en que aquello que hoy confesamos por medio del signo será contemplado plenamente en la presencia de nuestro Señor.

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    47 分
  • Una iglesia APOSTÓLICA
    2026/07/08

    Cuando la Iglesia confiesa ser apostólica, no afirma que los apóstoles continúen apareciendo en cada generación, ni que exista una cadena ininterrumpida de nuevos reveladores. Confiesa, más bien, que el Espíritu Santo edificó a la Iglesia sobre el testimonio único e irrepetible de los apóstoles de Jesucristo, preservando su doctrina y extendiendo su misión hasta los confines de la tierra.


    La apostolicidad de la Iglesia es, por tanto, una obra permanente del Espíritu Santo. Él no vino para reemplazar el ministerio apostólico, sino para establecerlo, preservarlo y hacerlo fructificar en todas las generaciones. Lo que el Espíritu inspiró en el primer siglo continúa iluminando, gobernando y edificando a la Iglesia por medio de las Escrituras.


    FUNDAMENTO APOSTÓLICO

    El Espíritu Santo constituyó a los apóstoles como testigos autorizados de la persona, muerte, resurrección y exaltación de Cristo. Por eso, la Iglesia está "edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efesios 2:20). Un fundamento se coloca una sola vez; no necesita ser reconstruido continuamente. La revelación apostólica quedó completa cuando el Señor concluyó la obra encomendada a sus apóstoles, y el Espíritu preservó ese testimonio en las Sagradas Escrituras para beneficio de toda la Iglesia.


    DOCTRINA APOSTÓLICA

    La primera comunidad cristiana "perseveraba en la doctrina de los apóstoles" (Hechos 2:42). Esa perseverancia no fue un mérito humano, sino el fruto de la obra santificadora del Espíritu Santo, quien guía a la Iglesia a permanecer en la verdad revelada por Cristo. Allí donde la predicación, la enseñanza y la adoración permanecen sometidas a la Palabra inspirada, allí la Iglesia manifiesta su carácter apostólico. No es apostólica porque produzca nuevas doctrinas, sino porque conserva fielmente la doctrina recibida "una vez para siempre" (Judas 3).


    VOCACIÓN APOSTÓLICA

    El mismo Espíritu que estableció el fundamento y preserva la doctrina también impulsa la misión. La Iglesia es enviada al mundo para proclamar el evangelio, hacer discípulos, bautizar y enseñar todo lo que Cristo mandó (Mateo 28:18–20). En este sentido, toda la Iglesia participa de una vocación apostólica: no como poseedora de la autoridad irrepetible de los Doce, sino como heredera de su comisión. El Espíritu Santo continúa enviando a su pueblo para anunciar el señorío de Cristo, plantar iglesias, discipular a las naciones y llamar a los hombres al arrepentimiento y a la fe.


    IGLESIA APOSTÓLICA

    La Iglesia, por tanto, permanece apostólica mientras conserve estas tres realidades inseparables: el fundamento apostólico de la revelación bíblica, la doctrina apostólica transmitida en las Escrituras y la vocación apostólica de anunciar el evangelio a todas las naciones. En cada una de ellas resplandece la obra fiel del Espíritu Santo, quien no dirige la atención hacia sí mismo, sino hacia Cristo, preservando a su Iglesia en la verdad y capacitándola para cumplir su misión hasta el día en que el Señor vuelva en gloria.

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    42 分
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