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unaVidaReformada

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著者: samuel hernández clemente
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概要

mirando la vida desde la perspectiva de Diossamuel hernández clemente キリスト教 スピリチュアリティ 聖職・福音主義
エピソード
  • El superlativo del PACTO
    2026/02/17

    ¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?Hebreos 9:14

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    41 分
  • Gracias por la cruz
    2026/02/14

    John Owen escribió: “La muerte de Cristo fue la muerte de la muerte en la muerte de Cristo.” Allí, el Cordero sin mancha absorbió la condenación que nos correspondía. Allí, la santidad de Dios y el amor de Dios no entraron en conflicto, no hubo tregua, sino en una satisfacción perfecta - el pago eficaz de la deuda del pecado y el derramamiento de la ira sobre Cristo como nuestro sustituto.

    Nuestra generación trivializa la culpa. La llama error, proceso, herida emocional. Pero Pedro habla de “vana manera de vivir”. Vacía. Hueca. Ornada quizá, pero hueca. Y de esa vaciedad no nos sacó un terapeuta cósmico, sino un Sustituto sangrante.

    Por eso damos gracias. No por un símbolo estético colgado al cuello, sino por un madero empapado en justicia satisfecha y misericordia triunfante. Gracias porque el Cordero fue inmolado. Gracias porque el rescate fue completo. Gracias porque ya no somos esclavos, sino redimidos.

    Que nuestra vida entera sea una doxología viviente. Si fuimos comprados con sangre, no nos pertenecemos. Y si no nos pertenecemos, entonces vivimos para Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.

    “Sabiendo que fuisteis rescatados… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” — 1 Pedro 1:18–19

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    41 分
  • Culpable soy yo
    2026/02/11

    Hay una frase que el hombre moderno detesta más que el dolor, más que la pobreza y más que la muerte: “yo soy culpable”.

    Preferimos decir: me equivoqué, así soy, nadie es perfecto, no fue para tanto, Dios entiende, todos lo hacen. Hemos domesticado el pecado hasta convertirlo en un defecto simpático de personalidad. Le cambiamos el nombre, lo vestimos con eufemismos, lo maquillamos con psicología, y lo absolvemos con comparaciones: al menos no soy como aquel.


    Pero la Escritura no coopera con esta farsa. La Biblia no habla de “errores”. Habla de transgresión (Sal 51:1). No habla de “fallas humanas”. Habla de rebelión (Is 1:2). No habla de “debilidades”. Habla de culpa (Ro 3:19). Y esa palabra —culpa— es incómoda, pero necesaria.


    “Contra ti, contra ti solo he pecado” (Sal 51:4). David no dice: tuve un desliz. Dice: pequé. No dice: me dejé llevar. Dice: soy culpable. Porque el pecado no es un tropiezo contra normas sociales; es un golpe directo contra la santidad de Dios.

    Desde Génesis 3, el hombre se especializa en tres artes sutiles: Disimular — “me escondí”, Culpar — “la mujer que me diste”, y ormalizar — “no es para tanto”. Nada ha cambiado. Solo el vocabulario. Hoy, lo que Dios llama pecado, el hombre lo llama identidad. Lo que Dios llama maldad, el hombre lo llama autenticidad. Lo que Dios llama culpa, el hombre lo llama autoestima.


    Jeremías lo dijo sin anestesia: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer 17:9). El problema no es que pequemos. El problema es que no creemos que sea tan grave. Y por eso no entendemos la cruz.

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    51 分
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