Helo ahí; nuestro buen PASTOR
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En medio de la devastación de Israel, Ezequiel levanta una acusación contra los pastores de Israel. Habían dejado de cuidar al rebaño; se apacentaban a sí mismos y abandonaban a las ovejas. Pero Dios promete que Él mismo intervendrá:
«Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré» (Ez. 34:11). Y más adelante declara: «Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor» (Ez. 34:23).
La promesa es extraordinaria: Dios mismo vendrá a buscar a sus ovejas - Y siglos después aparece Jesús - Entonces podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir?» Sí - Helo ahí: el Buen Pastor.
Ezequiel retrata a las ovejas como dispersas, heridas y vulnerables. El problema no era solamente que las ovejas se hubieran perdido; también habían sido abandonadas por quienes debían cuidarlas. Pero detrás de esta imagen encontramos nuestra propia condición espiritual. Isaías había dicho: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is. 53:6).
Ese es nuestro problema - Nos descarriamos - Nos apartamos - Seguimos nuestros propios caminos. Y el pecado siempre termina llevándonos lejos del Pastor. La oveja perdida no necesita simplemente mejores instrucciones para encontrar el camino.
Necesita que alguien vaya a buscarla. Y eso es precisamente lo que Dios promete: «Yo mismo iré a buscar mis ovejas» ¡Qué gracia!
Dios no espera pasivamente a que las ovejas extraviadas encuentren por sí mismas el camino de regreso - Él viene a buscarlas.