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Helo ahí: el REY eterno

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Juan el Bautista preguntó si Jesús era realmente Aquel que vendría. En Daniel 7 encontramos una de las respuestas más majestuosas de todo el Antiguo Testamento. El profeta contempla «uno como hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días» y recibe «dominio, gloria y reino» (Dn. 7:13-14). No aparece aquí un gobernante más entre los gobernantes de la historia, sino el Rey cuyo dominio trasciende todos los imperios humanos. Daniel había visto levantarse las grandes potencias representadas por las bestias: Babilonia, Persia, Grecia y Roma; reinos impresionantes, violentos y pasajeros, que parecían invencibles mientras ocupaban el escenario de la historia, pero que finalmente fueron derribados. Frente a ellos aparece el Hijo del Hombre: no una bestia, sino un hombre; no un tirano entre tiranos, sino el Rey legítimo que recibe del Padre un reino que «no será destruido» (Dn. 7:14).


El evangelio proclama LA GRANDEZA DE CRISTO: Él no vino simplemente a ofrecer una alternativa espiritual; vino proclamando un Reino. Su primera predicación fue: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Mr. 1:15). El evangelio no nos invita únicamente a admirar a Jesús como una figura religiosa inspiradora. Nos anuncia que el Rey ha venido. Y cuando llega el Rey, la respuesta apropiada de sus súbditos no puede ser la indiferencia. Su Reino demanda rendición, porque Él tiene toda autoridad; demanda lealtad, porque no podemos servir simultáneamente al Rey y a nuestros ídolos; y demanda admiración, porque jamás hubo ni habrá un Rey semejante.


Cristo no compite con los reinos de este mundo como si fuera simplemente otro candidato a ocupar un trono. Él está por encima de todos ellos. Los imperios tienen fronteras, fechas de nacimiento y fechas de defunción; el Reino de Cristo no tiene fecha de caducidad. Babilonia cayó. Persia cayó. Grecia cayó. Roma cayó. Los grandes poderes políticos de cada generación terminan convertidos en capítulos de un libro de historia, mientras el Hijo del Hombre permanece. «Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará» (Dn. 7:14). Los hombres levantan monumentos para recordar a sus reyes; Cristo no necesita monumentos porque Él mismo es el Rey eterno.

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