• 741. El dragón de Wawel (Leyenda Polonia)
    2026/02/02

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    uan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez Príncipe que vivia en lo que hoy conocemos como polonia. Su nombre era urante Krakus y durante anos su reino era lo más cercano al paraíso. Pero la prosperidad es un aroma que atrae a las sombras según dicen los viejos. La desgracia llegó sin aviso: primero fueron los rebaños los que mermaron; luego, los pastores comenzaron a desaparecer y en la región decían que se los había llevado el silencio y luego se fue filtrando poco a poco en las tabernas de lo que hoy es Cracovia la idea que pues nadie regresaba de las brumas del río vistula . Así con estos sucesos lo que antes era un reino de esplendor paso a ser oscuro y triste

    Por muchos anos todo esto que sucedia era un enigma que nadie podía resolver hasta que un joven herbolario, buscando plantas medicinales en las riberas del Vístula, se aventuró a los pies de la imponente Colina de Wawel. Allí mientras trataba de recoger algunas de las hojas que necesitaba vio algo que lo lleno de horror. Frente a el había una colección de huesos humanos blanqueados por el agua y, sobre la roca viva, una cueva que exhalaba muerte. A su entrada, bañado por un sol que solo se filtraba timidamente por la bruma, descansaba el terror. Tenía el cuerpo blindado por escamas de un amarillo verdoso brillante y sus patas eran gruesas como troncos de robles centenarios. Era un dragón que se había instalado en aquellos parajes y que era el causante de las penurias de sus habitantes.

    La noticia corrió como fuego en paja seca. El Príncipe Krak, tras escuchar el relato del joven, convocó a sus caballeros y sabios. Los valientes partieron con espadas de acero templado, pero ninguno regresó. El acero se derretía y la valentía se convertía en ceniza ante el aliento de la bestia.

    Desesperado, Krak lanzó su proclama final al viento:

    "Aquel que libere al pueblo, sea noble o plebeyo, recibirá la mano de la princesa Wanda y la mitad de mi reino".

    Príncipes de tierras lejanas fracasaron. Justo cuando el propio Krak se ajustaba la armadura para enfrentar un destino suicida, un humilde aprendiz de zapatero llamado Skuba cruzó las puertas del castillo. No llevaba lanza, sino una idea.

    "Dadme una oveja y grasa y yo acabare con ese dragon", pidió el joven. Al inicio los grandes caballeros del reino simplemente se burlaron del joven, pero este insistia en que el tenía la solución. Fue tanto lo que insistió que finalmente el príncipe con la sola intención de salir de el ordeno que le dieran la oveja y la grasa que el solicitaba.

    Bajo el amparo de la noche, Skuba trabajó como un alquimista. Sacrificó al animal y, con la precisión de quien cose el calzado de un rey, rellenó la carcasa con una mezcla letal de azufre y alquitrán que tenía en su pobro vivienda, sellándola con grasa para que el olor engañara al monstruo.

    Al día siguiente el joven Skuba monto la oveja llena de azufre y alquitran en su carromato y lentamente se dirigió a la base de la colina Wawel, donde habían reportado la presencia del dragón . Allí efectivamente encontro una gran caverna con rastros de huesos animales y humanos. Era claro que en aquel lugar el dragón pasaba sus días.

    Entrando sigiloso vio como el dragón dormía en su guarida de roca, Skuba se deslizó como una sombra y depositó la falsa ofrenda en el umbral de la cueva.

    Al amanecer, el dragón emergió y, cegado por el hambre y vio como una gran oveja se encontraba a la entrada de su guarida. Hambriento no lo pensó dos veces y abalanzándose sobre ella engulló la trampa de un bocado. Casi al instante, la mezcla comenzó a arder en su vientre y aquel azufre que estaba en el cuerpo de la oveja come

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  • 740. El Sapo Conchudo (Infantil)
    2026/01/28

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez, Hace muchos, muchísimos años, cuando los animales hablaban y compartían secretos con el viento, una selva en latinoamerica donde un un rumor estaba corriendo por toda la selva Dicho rumor decía que: ¡Habría una gran fiesta en el cielo!

    Se decía que San Pedro había organizado un banquete con música de arpas y nubes de algodón dulce, pero había una regla estricta: solo estaban invitados los animales que tuvieran alas.

    Claro que las aves estaban felices Todas inmediatamente se pusieron sus mejores plumajes. Las guacamayas se pintaron de rojo y azul, los tucanes pulieron sus picos y sus plumas multicolores y las águilas ensayaron su vuelo más elegante con sus grandes alas.. Abajo, en la tierra, los animales sin alas miraban con envidia y veían como todas las que volaban se preparaban para ir a la fiesta

    Pero había un animal que no tenía alas pero que no se resignaba: el Sapo. El Sapo, que era bocón, y simpático era ademas muy terco, Así que le dijo a sus amigos: —No se preocupen, yo también voy a ir a esa fiesta. ¡No me perdería esa rumba por nada del mundo! Cuando los animales terrestres oyeron esto soltaron la carcajada carcajadas. —¿Tú? ¿Un sapo gordo y pesado que ni siquiera puede correr rápido? Vas a ir a la fiesta al que están invitados solo las aves. ¡No seas iluso! —le decían.

    Pero el Sapo que era muy testarudo no no les hizo caso. El sapo además sabía que Don Gallinazo (el buitre), que era el mejor guitarrista de la región, estaba invitado para tocar en la fiesta. Así que salto a salto el El Sapo fue sigilosamente hasta la casa de Don Gallinazo y cuando llego allí vio que este había dejado su guitarra descansando en el suelo mientras se arreglaba las plumas.

    Allí el sapo vio la oportunidad. Sin hacer ruido, el Sapo dio un salto y... ¡Zas!, se metió dentro de la guitarra por el agujero de la caja de resonancia. Se quedó muy quieto, aguantando la respiración y sin hacer ningun ruido.

    Al rato, salió Don Gallinazo, se colgó la guitarra al hombro y alzó el vuelo hacia las nubes. —¡Qué pesada está esta guitarra hoy! —se quejó el Gallinazo a mitad de camino—. Debe ser la humedad. Y siguió volando sin saber que tenía un sapo en la guitarra.

    Cuando llegaron al cielo, Don Gallinazo dejó la guitarra en un rincón y se fue a buscar un refresco ya que el vuelo le había dado mucha sed. Cuando el Gallinazo se había marchado . El Sapo aprovechó, salió de la guitarra y se mezcló entre los invitados como si hubiera sido invitado.

    ¡Qué sorpresa se llevaron las aves! Veían al Sapo bailando salsa, contando chistes y comiendo moscas celestiales que sabían a miel. Algunas de las avies discretamente se fueron acercando y le decían asombrados—¿Cómo subiste hasta aquí, Sapo?—¡Ah! —decía él haciéndose el misterioso—. Es que yo tengo mis secretos mágicos

    Así que ya que estaba allí El Sapo comió, bebió y bailó hasta que el sol empezó a esconderse. Lo único que Sabía el Sapo era que tenía que volver a la guitarra de el Gallinazo antes de que este regresara así que eso hizo, salto y salto hasta que llego y al guitarra y se metió de nuevo en la guitarra de Don Gallinazo.

    Terminada la fiesta, el Gallinazo regreso a donde había dejado la guitarra, se colgó el instrumento y emprendió el vuelo de regreso a la tierra. Pero esta vez, el Sapo, que había comido y bebido demasiado, estaba feliz y un poco mareado. Sin darse cuenta, empezó a tararear una canción dentro de la guitarra: —¡Qué buena fiesta, croac, croac! ¡Qué bien comí, croac, croac!

    El Gallinazo escuchó el ruido. Extrañado, miró dentro del agujero de la guitarra y vio los ojos saltones del

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  • 738. Maui el Pescador (Mito Nueva Zelandia)
    2026/01/26

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en los tiempos en que el océano era un manto infinito que cubría casi todo el mundo, un ser llamado Māui-tikitiki-a-Taranga. Este Maui No era un dios completo, ni un simple mortal; era un embaucador, un héroe de ingenio afilado y manos rápidas, despreciado por sus hermanos mayores, quienes solo veían en él a un pequeño alborotador.

    Pero Māui guardaba un secreto: poseía el Muri-ranga-whenua, un anzuelo tallado no en madera ni en piedra, sino en la mandíbula sagrada de su abuela ancestral. El hueso brillaba con una luz pálida y pulsaba con una magia antigua, capaz de atrapar más que simples peces.

    Una noche sin luna, los hermanos de Māui prepararon su gran canoa (waka) sigilosamente. Querían dejar atrás al "pequeño molesto". Pero Māui, usando su habilidad para cambiar de forma, se encogió y se ocultó en las tablas del suelo de la canoa, bajo las redes húmedas y el olor a salitre.

    Cuando la canoa estuvo tan lejos que la costa era solo una línea borrosa, Māui emergió. Sus hermanos, furiosos, intentaron dar la vuelta, pero Māui se irguió en la proa. Con un gesto de su mano y un encantamiento susurrado, estiró el horizonte. El mar se expandió mágicamente frente a ellos, haciendo que la costa desapareciera para siempre. Estaban atrapados en el Gran Océano de Kiwa.

    Naveguen hasta que el agua se vuelva negra y fría —ordenó Māui—. Allí es donde duermen los verdaderos monstruos.

    Llegaron al corazón del océano, donde las olas no tenían espuma y el silencio era absoluto. Los hermanos lanzaron sus líneas y pescaron atunes gordos y tiburones, riendo satisfechos.

    Eso es comida para niños —se burló Māui.

    Sacó su anzuelo ancestral, intrincadamente tallado y adornado con nácar y pelo de perro. Pero no tenía cebo. Sus hermanos, egoístas, le negaron un trozo de sus capturas. Sin dudarlo, Māui cerró el puño y se golpeó la nariz con fuerza. Una gota de su propia sangre divina, espesa y carmesí, cayó sobre el hueso de su abuela. El anzuelo siseó al contacto, hambriento.

    Māui lanzó la línea. El anzuelo no solo se hundió; atravesó el agua, descendió a las profundidades abisales, pasó las corrientes frías y se enganchó en los cimientos mismos del mundo sumergido.

    De repente, la línea se tensó como una cuerda de acero. La gran canoa crujió y la proa se hundió violentamente en el agua.

    —¡Corta la línea, nos hundiremos! —gritaron los hermanos, aterrorizados.

    Pero Māui comenzó a entonar un haka poderoso, un canto de fuerza y voluntad. Sus músculos se hincharon, su piel brillaba con sudor y magia. No estaba peleando contra un pez; estaba luchando contra el dios del mar, Tangaroa.

    El océano comenzó a hervir. Burbujas gigantescas de gas y vapor estallaron en la superficie. Con un rugido que hizo temblar el cielo, la captura emergió.

    No era una ballena. Era una casa de piedra y tierra. Era un gigante.

    El agua se escurrió en cascadas torrenciales revelando montañas verdes, acantilados de roca negra y valles profundos. Māui había pescado Te Ika-a-Māui (El Gran Pez de Māui), lo que hoy conocemos como la Isla Norte. La canoa quedó varada en la cima de lo que hoy es el Monte Hikurangi.

    Māui, exhausto pero victorioso, miró su creación. Era una tierra plana y suave, lista para ser habitada. —Quedaos aquí —advirtió a sus hermanos con voz de trueno—. Voy a agradecer a los dioses y a purificar esta tierra. No toquéis al Pez hasta que yo vuelva, o la magia se volverá inestable.

    Pero tan pronto como la silueta de Māui desapareció, la codicia consumió a los hermanos. —¡Esta parte e

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  • 737. El alma del Conde
    2026/01/24

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en el medioevo un conde llamado Ludwid que para el horror de su hijo Judwid Jr había muerto en medio de fiebres delirantes y gritos de espanto. . El hijo crecio y recordaba a su padre en aquellos últimos momentos y deseaba entender que había pasado con su padre. Ludwig Jr vivía en su condado y al igual que su padre había conservado su fortuna a partir de maltrato a sus súbditos y a la utilización de su poder para imponerse sobre todos en todas las situaciones. atormentado por la curiosidad más que por la piedad, hizo una promesa solemne ante su corte de aduladores:

    "Aquel que tenga el valor de rasgar el velo de la muerte y traerme la verdad sobre el destino del alma de mi padre, será recompensado con una mansión y tierras propias. No quiero consuelos de clérigos, quiero la verdad." Y solo yo se como confirmar que es verdad

    La proclama viajó de taberna en taberna hasta llegar a los oídos de un caballero caído en desgracia. Su armadura estaba oxidada y su capa raída, pero su mente era una biblioteca de sombras. Versado en las artes prohibidas de la nigromancia, este hombre, cuyo nombre la historia ha decidido olvidar para proteger su descanso, vio en el desafío su última oportunidad para salir de la miseria.

    Una noche sin luna, el caballero trazó los círculos de protección con sal y mercurio en las ruinas de una capilla abandonada. Entonó palabras que hacían sangrar las encías y, tras un estruendo que olió a azufre y carne quemada, una entidad se materializó. No era una sombra deforme, sino un espíritu de maldad antigua, elegante y aterrador.

    El caballero, temblando pero firme, exigió saber el paradero del Conde Ludwig. El demonio, atado por las leyes inmutables del conjuro, hizo un juramento estremecedor: —Por el Nombre Innombrable del Supremo y por el Juicio Final que a todos nos aguarda, te llevaré al sitio, verás lo que debes ver, y te regresaré a este plano mortal con el aliento aún en tu pecho.

    El mundo se disolvió. El caballero sintió cómo la realidad se rasgaba y, de pronto, caminaba por senderos de ceniza caliente bajo un cielo de color púrpura enfermo. Vio ciudades de hierro incandescente y ríos de plomo derretido donde las almas se retorcían como gusanos en el fuego. Los gritos no eran humanos; eran la música de la desesperación eterna.

    Su guía, inmutable ante el horror, lo condujo a través de nueve círculos de agonía hasta llegar a un pozo que parecía no tener fondo. Allí, sentado sobre una losa de piedra negra que sellaba el agujero, aguardaba un diablo colosal, cuya piel escamosa brillaba con el sudor del inframundo.

    —Abre la boca del abismo —ordenó el guía—. Toca la llamada.

    El guardián levantó la tapa ardiente. Una columna de calor, tan intensa que secó las lágrimas de los ojos del caballero al instante, brotó del agujero. El diablo tomó una trompeta de bronce, larga y retorcida como el cuerno de una bestia primordial, e introdujo la boquilla en la oscuridad.

    Cuando sopló, el sonido no fue un viento, sino un terremoto. El caballero sintió que sus huesos vibraban y que el universo entero se estremecía ante aquel lamento metálico.

    Del agujero, como un volcán en erupción, el abismo escupió una llamarada de azufre azulado. Y en el centro de las chispas, flotando en agonía, apareció el viejo Conde Ludwig. No era más que una silueta de dolor, con los ojos convertidos en carbones encendidos.

    El caballero, armándose de un valor que no sabía que tenía, gritó sobre el estruendo: —¡Tu hijo me envía! ¡Quiere saber de tu estado y si existe alguna forma de aliviar tu condena!

    La voz del espectro sonó como madera rompiéndose: —¡Mi estado

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  • 736. La Receta del Vino
    2026/01/17

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un mundo que apenas se formaba y en esos tiempos el vino no era más que zumo de uva fermentado: una bebida sosa, que alegraba el corazón pero no agitaba el alma. El Diablo, observando desde su trono, sentía que a aquella bebida le faltaba "carácter" que le faltaba un poco que la hiciera más interesante a los pobladores de la tierra. Quería crear un licor que pudiera sacar lo mejor y lo peor de los hombres, una trampa deliciosa servida en copa de cristal.

    Así que un otoño, disfrazado de viñador, el Diablo bajó a la tierra. Eligió la vid más frondosa y comenzó a preparar su barrica maestra. Pero sabía que las uvas por sí solas no bastarían; necesitaba esencias vivas, almas animales que transformaran el mosto en magia.

    Mientras el Diablo pisaba las uvas, notó que un zorro lo observaba desde el borde mismo del bosque. El animal, de pelaje rojizo y movimientos sigilosos, esperaba el momento exacto para robar un racimo sin ser visto. Era la imagen viva de la picardía y la inteligencia oportunista.

    —Tú serás el inicio —susurró el Diablo.

    Con un chasquido de dedos, atrapó al zorro. Tomó su sangre, caliente y vibrante, y la vertió lentamente sobre el mosto fresco. "Quien beba la primera medida de este vino," sentenció el Diablo removiendo la mezcla, "heredará el espíritu del zorro. Su voz se volverá melosa y persuasiva. Se convertirá en el rey de la fiesta, soltará piropos con gracia, cerrará tratos con mentiras dulces y mirará a los demás con ojos brillantes y astutos. Será un encantador de serpientes." Y todo con el sorbo de este liquido.

    Mientras seguía maserando las uvas en aquel liquido ya mezclado con otro ingrediente sucedió que El olor de la sangre atrajo a una bestia mayor. De la espesura surgió un lobo gris, con el lomo erizado y los colmillos al aire. No venía a robar, venía a conquistar. Era la encarnación de la valentía ciega y la agresión territorial. Era el lobo en toda su majestad

    El Diablo sonrió, mostrando sus propios dientes afilados. —Tú serás el nudo de la historia —dijo.

    Sometió a la bestia y dejó caer su sangre espesa y oscura en la barrica, que comenzó a hervir con violencia. "Quien persista y siga bebiendo," conjuró el Diablo, "olvidará al zorro y despertará al lobo. Ya no usará palabras bonitas, sino gritos. Se sentirá el más valiente del mundo, buscará pelea por una mirada mal entendida, golpeará la mesa y desafiará a amigos y enemigos por igual. El vino le dará el valor que la sobriedad le niega." Y con esto el hombre sentira la fuerza de el lobo empujando cada una de sus acciones

    Y siguio dándole vueltas a aquel caldo que pronto se convertiría en vino.

    La mezcla ya era potente, pero faltaba el desenlace. Fue entonces cuando un cerdo enorme, que se había escapado de una granja cercana, llegó trotando. El animal no tenía la elegancia del zorro ni la fuerza del lobo; simplemente tenía hambre y pereza. Se acercó a la barrica y, sin importarle la presencia del Diablo, comenzó a retozar en el barro, gruñendo de placer en su propia suciedad.

    —Y tú... tú serás el final —rio el Diablo con una carcajada que heló el viento.

    Añadió la sangre del cerdo, grasa y pesada, al brebaje final. El líquido se calmó de golpe. "Quien no sepa detenerse y beba hasta el fondo," proclamó, "se convertirá en esto. El lobo huirá y dejará paso al cerdo. El hombre perderá el equilibrio y la dignidad. Balbuceará incoherencias, se manchará la ropa, caerá al suelo y, finalmente, dormirá feliz revolcándose en el barro o en su propia miseria, sin importarle quién lo mire."Ese será el legado d

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  • 735. La palabra prohibida
    2026/01/14

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre que vivía en una choza humilde y rodeado de una pobreza tal que hasta las ratas habían huido por falta de migajas. Este hombre, desesperado tras el nacimiento de su hijo, salió a los caminos buscando un padrino. Toco todas las puertas del pueblo suplicando por una alma caritativa que lo representara en el bautizo de su hijo recién nacido, pero tras ser rechazado por los ricos y los santos, se topó con la Muerte. Ella, viendo la sinceridad en la miseria del hombre, aceptó el honor y le dijo que ella se encargaría de todo lo necesario para celebrar el bautizo de su hijo.

    El banquete de bautizo fue un evento singular. No hubo manjares finos, pero sí corrió el vino en abundancia. La Muerte, esa figura habitualmente pálida y severa, se mostró esa noche extrañamente jovial. Bebió copa tras copa, sus mejillas cadavéricas se tiñeron de un rubor inusual y sus carcajadas resonaron haciendo temblar las vigas de madera podrida.

    Ya entrada la madrugada, con la lengua suelta por el alcohol y sintiéndose generosa, la Muerte abrazó a su compadre y le susurró un regalo divino y terrible a la vez:

    —Compadre —dijo con voz pastosa pero firme—, por el ahijado que hoy me das, te haré el hombre más poderoso de la tierra. Te otorgo el don de curar lo incurable. No necesitarás hierbas, ni sanguijuelas, ni pócimas. Bastará con que poses tu mano sobre el enfermo o te plantes, firme como un roble, junto a su cabecera. Al instante, la fiebre huirá y la vida volverá a sus ojos. Ese será mi regalo como compadre.

    El hombre lloró de gratitud, pero la Muerte levantó un dedo huesudo para imponer silencio.

    —Pero escucha bien, compadre, pues todo don tiene su precio. Tú serás el médico eterno, sí, pero tu propia vida estará atada a una sola palabra. Jamás, bajo ninguna circunstancia, podrás pronunciar el cierre de las oraciones ya que esa palabra va contra lo más fundamental de mis principios. El día que digas “¡Amén!”, ese día se acabará tu suerte y vendrás conmigo.

    El hombre aceptó sin dudar. ¿Qué importaba una palabra si a cambio tendría el mundo?

    Los años pasaron y la profecía se cumplió. El antiguo mendigo se convirtió en una leyenda. Reyes y emperadores viajaban leguas solo para ser tocados por su mano. Construyó palacios, vistió sedas y el oro se acumulaba en sus bodegas como si fuera grano. Se volvió un hombre de ciencia, arrogante y seguro, y con el tiempo, dejó de ir a la iglesia, no por falta de fe, sino por un terror supersticioso a que la palabra prohibida se le escapara en un susurro.

    Un día, embriagado por su propia grandeza o quizás movido por la curiosidad de ver a su vieja protectora, decidió emprender un viaje para visitar a la Muerte.

    El camino era largo y serpenteaba por bosques antiguos. Fue allí, en un recodo del sendero cubierto de neblina, donde encontró a un niño sentado sobre una piedra musgosa. El pequeño lloraba con un desconsuelo que partía el alma, frotándose los ojos enrojecidos con los puños sucios.

    El gran médico detuvo su carruaje y descendió, envuelto en su capa de terciopelo. —¿Qué te aflige, muchacho? —preguntó con tono paternal y condescendiente.

    —¡Ay, señor! —gimió el niño, temblando—. No me atrevo a volver a casa. Mi padre es un hombre severo y me ha molido a golpes.

    —¿Y cuál es la causa de tal castigo?

    —Es que soy torpe, señor... Me ha mandado rezar, pero siempre olvido el final. No recuerdo las últimas palabras de la oración y él me pega cada vez que me callo.

    El médico soltó una risa breve. La ignorancia ajena siempre le resultaba divertida. —¿Solo eso? —dijo—. A ver, dime, ¿qué palabra es la que se te escapa? ¿Acaso es “Padr

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  • 734. Los siete durmientes (Leyenda Cristiana)
    2026/01/12

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en la ciudad de Efeso un emperador llamado Decio. Decio era el gobernante absoluto alrededor del año 250 d.C., y la gloriosa ciudad de Éfeso brillaba bajo el sol, pero vivía bajo una sombra terrible de un emperador caprichoso. Decio había producido un decreto de sangre: Este decreto decía que todos debían inclinarse ante los ídolos de piedra del imperio o enfrentar la muerte.

    Por aquellas épocas había Siete jóvenes nobles —Maximiliano, Malco, Martiniano, Dionisio, Juan, Serapión y Constantino— que siguiendo las normas de una excelente educación moral se negaron a renunciar a su fe secreta. Los siete Eran amigos inseparables, unidos por una creencia su fe cristiana que el imperio consideraba por aquella épocas simplemente traición. Cuando los guardias del emperador comenzaron a cazarlos, los siete repartieron sus riquezas entre los pobres y huyeron hacia las montañas escarpadas que rodeaban la ciudad.

    Frente a su pueblo estaba el Monte Celion, llegado el momento se dedicaron a exploralo, buscando refugio en una cueva profunda y fría, oculta por la maleza. Exhaustos por el miedo y la huida, se sentaron a orar, esperando que la noche los ocultara. De pronto allí en el medio de aquella cueva oscura Sus párpados se volvieron pesados, no por el cansancio común, sino por una fuerza invisible y suave que descendió sobre ellos. Uno a uno, cayeron en un sueño profundo y sin sueños.

    Furioso por no encontrarlos, el emperador Decio ordenó a sus soldados que buscaran en cada rincón del monte. Cuando hallaron la cueva, decidieron no entrar. "Si quieren esconderse allí", dijo el emperador con crueldad, "allí se quedarán para siempre".

    Ordenó sellar la entrada con enormes rocas, convirtiendo la cueva en una tumba sellada herméticamente. Lo que el emperador no sabía era que, dentro, la muerte no había reclamado a los jóvenes. Un ángel (o según otras tradiciones, una fuerza divina) vigilaba su reposo.

    Afuera, el mundo cambió. Las estaciones pasaron vertiginosamente, convirtiéndose en años, y los años en décadas. Los imperios cayeron y otros nuevos se alzaron. El latín cambió, las vestimentas cambiaron, y la fe por la que los jóvenes habían huido pasó de ser perseguida a ser la religión del imperio.

    El sol y la lluvia erosionaron las rocas que sellaban la cueva. La vegetación creció y murió cientos de veces. Y dentro, los siete durmientes apenas respiraban, suspendidos en una burbuja de tiempo donde la carne no envejecía y la ropa no se desgastaba.

    Pasaron casi 200 años (algunas versiones dicen 300).


    Un día, durante el reinado del emperador Teodosio II, un pastor buscaba piedras para construir un establo y retiró las rocas que bloqueaban la entrada de la cueva. La luz del sol entró, rompiendo el hechizo.

    Los siete jóvenes despertaron. Se estiraron, creyendo que solo habían dormido una noche. Sentían hambre. —Malco —dijeron—, baja a la ciudad con cautela y compra pan. Ten cuidado de que los soldados de Decio no te vean.

    Malco tomó unas monedas de plata y bajó la montaña. Al llegar a las puertas de Éfeso, se detuvo en seco. Sobre la entrada de la ciudad, vio una cruz tallada en piedra. "¿Es esto una trampa de Decio?", pensó confundido.

    Caminó por las calles y vio templos transformados. La gente vestía extraño. Nadie susurraba con miedo. Finalmente, llegó a una panadería y ofreció su moneda.

    El panadero miró la moneda, luego miró a Malco, y susurró a sus compañeros: —Este joven ha encontrado un tesoro antiguo. Miren, esta moneda es del tiempo del emperador Decio, ¡hace siglos que no se acuña!


    Malco fue llevado ante el obispo y el gobernador

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  • 733. Día 9 Novena de Navidad para niños (Infantil)
    2025/12/20

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez una pareja que estaba en una cueva junto a un buey y un burrito. Pero Jose y Maria eran felices. Presentian que aquel día 24 de diciembre era el día esperado. Sabian que los ángeles, los arcángeles y todos los coros celestiales se preparaban para cantarle al mundo la gran noticia.

    Eran las 12 de la noche , cuando el mundo estaba en silencio, sucedió el milagro. Sin castillos, sin sedas y sin coronas de oro, nació el Niño Jesús.

    El primer llanto Fue un sonido suave, como el de un pajarito. María lo tomó en sus brazos, lo abrazó muy fuerte y lo envolvió en unas telas blancas y limpias que tenía preparados. A su lado José no podía dejar de sonreír. Se acercó a María y al bebé, y con mucho cuidado, le dio un besito en la frente al Niño Jesús. ¡Ya era papá! Y era el papa del más grande ser que había nacido sobre la tierra.

    Por su parte el buey y el burrito Ellos fueron los primeros en ver al Rey del Mundo. Y Como no había calefacción, los dos animales se acercaron mucho al pesebre y soltaron su aliento calientito. Era como si le estuvieran diciendo: "Bienvenido, pequeño, aquí te vamos a cuidar".

    María acostó a Jesús sobre la paja suavecita del pesebre. ¡Ese cajón de madera se convirtió en la cama más importante de la historia! Un rey de amor y esperanza pasaría allí su primer día.

    Y ¡En ese momento el cielo "explotó" de alegría!

    Los Ángeles Ya no estaban de puntitas, ahora estaban volando por todos lados cantando: "¡Gloria a Dios en el cielo y paz a la gente en la tierra!".

    En el cielo algo empezó a llamar la atención de todos. La estrella que había estado creciendo en los días pasados ahora era una Gran Estrella: La estrella de Belén brilló tanto, pero tanto, que parecía que era de día. ¡Estaba avisando a todo el mundo que la Luz ya había llegado! Y era tal su tamaño que a miles de kilómetros de allí un grupo de 3 sabios vieron aquella luz y comprendieron que algo maravilloso estaba pasando y empezaron a caminar hacia donde esta estrella apuntaba porque sabían que debien estar allí.

    Cerca de allí los pastores que estaban regresando a belen acompañando a sus ovejas vieron que ahora si la estrella marcaba un lugar exacto a las afueras de Belen. Juntos escucharon y vieron a los ángeles dar vueltas sobre una pequeña cueva y comprendieron que el rey de reyes debía estar allí. , unos pastores estaban asustados porque vieron a los ángeles. Pero un ángel les dijo: "¡No tengan miedo! Vayan al establo, que allí ha nacido el Salvador".

    · Los pastores corrieron al establo. No tenían tesoros que darle , así que le llevaron lo que tenían: un poquito de leche, una mantita de lana de sus ovejas y, sobre todo, mucho amor. Se arrodillaron frente al pesebre y le dieron las gracias a Dios.

    Pero lo mejor estaría por venir. Aquel bebe traía el mensaje de amor que el mundo necesitaría en el futuro y después de su nacimiento millones de personas encontrarían la paz interior que el les prometía.

    Maria y Jose vivieron para criar aquel niño que nació un 24 de diciembre a las 12 de la noche pero su legado como padres ha llevado a que se les recuerde como los padres más importantes de la historia.

    Y el Bebe Jesus viviría muchas aventuras, pero eso es otra historia.

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