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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

著者: Juan David Betancur Fernandez
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10月19日まで。※適用条件あり
Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.© 2026 Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda 世界 文学・フィクション 社会科学
エピソード
  • 802. Inanna y los Me (Mito Sumerio)
    2026/10/08

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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com

    Había una vez, hace miles de años entre los ríos Tigris y Éufrates, una época en que el cielo y la tierra apenas acababan de separarse. En aquel tiempo vivía Inanna, la radiante diosa del amor, la fertilidad y la guerra, venerada en la gran ciudad de Uruk. Inanna no era una diosa que tuviera roles pasivos o domesticos, ella encarnaba para los sumerios todas las fuerzas dinámicas y contradictorias y además tenía un enorme poder sobre los destinos de su pueblo.

    Inanna lo tenía casi todo, pero sentía que a su pueblo le faltaba lo más valioso: los secretos para construir una verdadera civilización. Esos secretos se llamaban los Me, que eran un conjunto de leyes sagradas, decretos divinos y conocimientos que abarcaban desde la escritura, la justicia y la música, hasta la mentira, la artesanía y el poder de los reyes. Nadie que no fuera un dios podía poseerlos sin permiso, y su guardián era el dios más sabio y astuto de todos: Enki, señor de las aguas dulces subterráneas, quien residía en su santuario subacuático de la ciudad de Eridu.

    Inanna veía con recelo como los sumerios pese a servirles a los dioses con lealtad no conocían los Me para poder usarlos a su gusto. Decidida a conseguirlos, Inanna emprendió el viaje hacia las profundidades de Eridu. Al verla llegar, deslumbrante y gallarda, El dios Enki ordenó a sus sirvientes preparar un banquete formidable.

    —Preparen cerveza , sirvan pasteles de cebada y llenen las copas de mi invitada —instruyó Enki a sus sirvientes.

    Entre risas, música y brindis, el banquete se prolongó durante horas. El dios del agua dulce, embriagado por la fiesta y la conversación de la diosa, comenzó a mostrarse espléndido y confiado.

    —¡Por el honor de la diosa Inanna! —proclamó Enki levantando su copa—. Te entrego el oficio del escriba, la corona del rey y la sabiduría de los sacerdotes.

    Inanna, con la mente tan clara como el agua de manantial, sonrió y fue guardando cada uno de los Me en su embarcación divina, la Barca del Cielo. Enki continuó bebiendo y regalando:

    —Te entrego el arte de tejer, el trabajo del metal, la verdad, la diplomacia, los cantos del templo e incluso el luto y la victoria y así durante toda la noche el dios Enki seducido por la belleza y elocuencia de Innana fue entregando y entregando muchos de los Me que poseía y que solo estaban inicialmente dedicados para los Dioses.

    Uno a uno, Inanna cargó los más de cien decretos sagrados. En cuanto la barca estuvo repleta, desató las amarras y zarpó veloz a favor de la corriente rumbo a Uruk.

    A la mañana siguiente, cuando los efectos de la cerveza se desvanecieron, Enki despertó con la cabeza pesada. Recorrió su salón y, al mirar a su alrededor, descubrió el vacío sus cofres con los Me estaban vacíos.

    —¿Dónde están las insignias del trono?¿Quién se ha llevado las leyes sagradas?

    Su fiel mensajero, Isimud, bajó la mirada temeroso:

    —Señor, anoche, entre copas y cantos, se los entregaste todos a Inanna.

    Encolerizado por haber sido burlado, Enki convocó a los monstruos marinos de las profundidades y ordenó a su emisario:

    —¡Alcancen la Barca del Cielo! Detengan a Inanna y traigan de vuelta los Me, cueste lo que cueste.

    Hasta siete veces los monstruos y demonios del abismo intentaron emboscar la embarcación en los recodos del río. Sin embargo, Inanna contaba con la ayuda de su leal consejera y guerrera Ninshubur, quien con espada y escudo rechazó a las criaturas acuáticas una tras otra, protegiendo la carga divina en cada asalto.

    Cuando las murallas de Uruk finalmente aparecieron en el horizonte, Enki comprendió que la diosa había triunfado con su propia astucia. Reconociendo el valor y la tenacidad de Inanna, el sabio dios depuso su ira y selló la paz con ella.

    Al desembarcar en el muelle de Uruk, Inanna abrió las compuertas de la barca y repartió los dones divinos entre los seres humanos. Desde aquel día, el pueblo sumerio aprendió a construir canales que reverdecieron el desierto, a construir casas y palacios, a tejer y a dominar el arte de la metalurgia, a gobernarse con orden y justicia y lo más importante de todo por primera vez en la historia de la humanidad a registrar sus historias en tablillas de arcilla, comenzando así el primer hito de el crecimiento cultural de la humanidad.

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    7 分
  • 801. La muerte del Emir.
    2026/10/05

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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com

    Había una vez, en el corazón de Samarcanda, un hombre que era temido en todas las comarcas por su crueldad.: el gran emir Tamerlán. Una noche de vientos helados, el monarca se despertó bañado en un sudor frío y con el corazón martilleándole el pecho. Había soñado que yacía en su lecho de muerte, consumido por las sombras, y que de inmediato era arrastrado sin piedad por los siete niveles que llevan al Yahanam. Como se conoce el infierno.

    Aterrado por la pesadilla y obsesionado con postergar aquel destino fatal, convocó antes del amanecer a los astrólogos más renombrados del imperio. Formados ante el trono de oro y marfil, los sabios temblaban mientras el emir, con mirada sombría, les exigía saber con certeza cuánto tiempo de vida le restaba.

    El primer astrólogo dio un paso al frente, consultó sus cartas celestes y dijo con reverencia: —Gran emir, los astros indican que viviréis veinte años más.

    El segundo, intentando complacerlo con mayor generosidad, proclamó: —Los planetas se alinean a vuestro favor; viviréis cincuenta años.

    El tercero, viendo la sombra de insatisfacción en el rostro del soberano, dobló la apuesta: —¡Cien años más de gloria os aguardan sobre la tierra!

    El cuarto, desesperado por superar a todos y ganar el favor del tirano, se postró y exclamó: —¡Oh, señor del mundo, vos sois inmortal! ¡No moriréis nunca!

    Tamerlán apretó los puños, con los ojos inyectados en cólera. —¡Verdugo! —rugió con voz de trueno—. Decapita a estos embusteros todos han venido aquí a mentirme. Tres de ellos me han otorgado demasiado poco tiempo para saciar mi sed de victorias, y el cuarto miente descaradamente para salvar su miserable cuello.

    Los guardias arrastraron a los cuatro hombres fuera del salón, dejando tras de sí un silencio espeso y sobrecogedor. En un rincón de la corte permanecía el mulá Nasrudín, envuelto en su modesta túnica y observando con calma como la corte iba y venia tratando de aliviar las penas de aquel emir obedeciendo las más crueles ordenes.

    Tamerlán clavó en él sus ojos penetrantes y le dijo: —Tú, Nasrudín, que a veces has leído los misterios del porvenir y conoces los secretos del cielo... ¿qué tienes que decirme?

    El mulá no vaciló. Inclinó la cabeza con humildad, acarició su barba y respondió con una serenidad pasmosa: —Gran emperador, da la casualidad de que también yo tuve un sueño la noche pasada. En él, un ángel luminoso descendió ante mí y me comunicó el día exacto de tu fallecimiento y con toda tranquilidad puedo confirmarte que el sueño tiene todo de realidad.

    El emir contuvo el aliento, devorado por la inquietud y la esperanza. —¿Y qué te dijo? —preguntó Tamerlán, inclinándose hacia adelante, temiendo y deseando a la vez escuchar la profecía.ya que el mulá era conocido tanto por su inteligencia como por su astucia, así que su respuesta debería ser tenida en cuenta por el.

    Nasrudín alzó la mirada, esbozó una leve sonrisa y sentenció: —Que morirás el mismo día que yo.

    Desde aquella mañana, no hubo hombre en todo el imperio cuya salud, bienestar y seguridad fueran custodiados con tanto desvelo por los guardias del emir como los del astuto mulá.

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    5 分
  • 800. La Pareja Feliz
    2026/09/30
    Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una pareja de esposos que llevaban mas de 50 años de feliz matrimonio.. Sin embargo bajo la paz y la tranquilidad de aquel hogar algo turbio se presentía. Como todos los días El reloj de péndulo del vestíbulo daba las cinco con una puntualidad insultante, propia de un hogar donde nada, absolutamente nada, se había salido jamás de su cauce.Mary Smith sirvió el té con pulso de cirujano. El sonido del chorro contra la porcelana de la taza fue la única perturbación en aquel salón victoriano de cortinas aterciopeladas. Frente a ella, como si fuera un conejo frente a un perro cazador.Hacía exactamente tres semanas desde aquella conversación que Tomas recordaba claramente..Mientras el se encotraba plácidamente leyendo el periódico en su butaca preferida Mary le había preguntado sin ninguna razón aparente como le gustaría morir si el pudiera escoger. Tomas extrañado le respondió que nunca lo había pensado pero que eran temas que no quería discutir. Mary simplemente se sonrio y siguió haciendo los deberes de la casa. Tres semanas en que el señor Tomas Smith no había vuelto a respirar con los pulmones llenos—¿Te apetece una galleta de jengibre, querido? —preguntó Mary con una dulzura cristalina, empujando el plato de plata—. Tienen un toque picante exquisito. Canela, clavo... y una pizca de almendra amarga.A Tomas se le heló la saliva. Almendra amarga. El que era un asiduo lector de novelas de mistrerio algo le recordaba ese supuesto sabor. Era el sabor del ácido cianhídrico mejor conocido en sus novelas como Cianuro.—No tengo apetito, Mary. Gracias. Respondió en ese momento con una voz Temblorosa.—Qué lástima. Esta muy sabroso. Tomas. Mary dio un sorbo minucioso a su té, levantando el meñique con la distinción que correspondía a una dama de Kensington. Luego, con total parsimonia, se levantó a ajustar las cortinas. Al pasar por detrás del sillón de su marido, su mano rozó con delicadeza la nuca de Tomas.El hombre se encogió de golpe, como si una víbora le hubiese rozado la piel. Las palpitaciones le martillaban las sienes. Cada fibra de su espalda esperaba el golpe seco de un pisapapeles de bronce, o el frío de una navaja de afeitar deslizándose entre las vértebras. —Tienes tensión en las cervicales, pobre mío —murmuró ella desde la penumbra del cortinaje—. Deberías darte un buen baño caliente antes de la cena. He dejado todo listo en el piso de arriba.El baño.La mente de Tomas proyectó de inmediato la bañera de patas de león, el agua humeante, y aquel viejo calentador eléctrico cuyo cableado siempre había chisporroteado un poco junto a los azulejos húmedos. Podía verla a ella: envuelta en su bata de seda, empujando suavemente el aparato con la punta de una zapatilla acolchada mientras él flotaba indefenso entre la espuma.—Prefiero no ducharme hoy —balbuceó Tomas con la voz agrietada—. El médico dijo que el agua muy caliente no conviene a mi presión.—Como gustes, tesoro. Solo procuro tu bienestar.Los días siguientes se transformaron para Tomas en un tablero de ajedrez infernal donde las piezas eran invisibles. Vivir se convirtió en una tortura constante esperando el desenlace final. Bien preparado estaba debido a todas las novelas que entretenían sus días y noches de retirado.Si Mary le servía sopa de verduras, él se quedaba mirando los guisantes flotar, convencido de que uno de ellos portaba la dosis microscópica de estricnina calculada para desgarrarle las tripas a medianoche. Si le ofrecía un vaso de agua, él esperaba a que ella se girara para disimuladamente volcarlo en la maceta del helecho (que, para mayor tortura de sus nervios, comenzó a secarse a los cuatro días).El coche nunca más fue utilizado. La sola idea de presionar el freno y sentir el pedal hundirse blando y vacío en la bajada de High Street le provocaba sudores fríos que empapaban sus sábanas. Subir al dormitorio era una odisea alpina: se aferraba al pasamanos con ambas manos, tanteando cada escalón de roble con la punta del zapato, convencido de que Mary había untado con jabón la madera o encerado a traición la penúltima curva. Eso también había sucedido en una de las novelas de la autora de misterio que tanto le gustaba. Y Mary, mientras tanto, no hacía nada.Absolutamente nada.Se limitaba a bordar pájaros en bastidores de lino, a leer los obiturarios del periódico buscando el nombre de algún conocido y a mirarlo atentamente con una sonrisa en sus labios. Era la mirada de quien observa germinar una semilla particularmente lenta. Cuando sus ojos se cruzaban con los de él sobre el periódico matutino, Mary le dedicaba una leve inclinación de cabeza, serena, cómplice, casi compasiva, como diciéndole: «Aún no, querido. Pero pronto».Al tercer mes, Tomas ya no dormía. Pasaba las noches sentado...
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    12 分
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