エピソード

  • El Jardín Secreto de las Mariposas
    2026/05/04

    Sofía tenía seis años y medio, y sabía contar hasta mil, aunque nunca lo había hecho entero porque siempre se distraía al llegar al trescientos. Aquel lunes, mientras el resto de su clase hacía fila para entrar al comedor, Sofía vio algo brillante entre los arbustos del patio trasero. Era una mariposa azul, más grande que su mano, con las alas cubiertas de puntitos dorados. — ¡Qué bonita! — susurró. La mariposa agitó las alas como si la hubiera oído y voló despacio hacia la tapia del fondo. Sofía miró a ambos lados. Nadie la observaba. Dejó su mochila junto a la pared y siguió a la mariposa. Detrás de la tapia, escondido entre hiedras y madreselvas, había un agujero en la pared justo del tamaño de una niña pequeña. Sofía se agachó y pasó al otro lado. Lo que encontró la dejó con la boca abierta. Era un jardín. Pero no un jardín cualquiera. Las flores eran enormes, del tamaño de paraguas, y brillaban con colores que Sofía no sabía nombrar. Había rosas que parecían de cristal, girasoles con pétalos de terciopelo morado y margaritas tan blancas que resplandecían como pequeñas lunas. Y las mariposas… había cientos. De todos los tamaños y colores: rojas, verdes, naranjas, algunas con rayas como los tigres y otras con lunares como las mariquitas. — Bienvenida, Sofía — dijo una voz suave. Sofía dio un salto. La mariposa azul se había posado en un girasol morado, justo a la altura de sus ojos. — ¿Tú… tú hablas? — tartamudeó. — Todas hablamos — respondió la mariposa con una risita que sonaba como campanillas —. Me llamo Celeste. Llevamos mucho tiempo esperándote. — ¿Esperándome? ¿A mí? — Sofía se señaló a sí misma, confundida. — A alguien que pudiera vernos y oírnos. Los adultos ya no pueden. Y la mayoría de los niños tienen demasiada prisa. Pero tú te has parado a mirar. Eso es lo más importante. Sofía no entendía muy bien qué pasaba, pero el jardín era precioso y Celeste parecía simpática. Entonces se fijó en algo que no estaba bien: al fondo del jardín, un pequeño arroyo que debería tener agua estaba completamente seco. Las piedras del fondo se veían polvorientas y las flores cercanas tenían las hojas arrugadas. — ¿Qué le ha pasado al arroyo? — preguntó. — Eso es lo que necesitamos que descubras — dijo Celeste, y sus alas perdieron un poco de brillo —. Sin agua, el jardín morirá. Y si el jardín muere, todas nosotras desapareceremos. Sofía tragó saliva. Aquello sonaba muy serio para una niña de seis años y medio. Pero miró las flores luminosas, las mariposas de colores y el arroyo vacío, y supo que tenía que ayudar. — ¿Por dónde empiezo? — preguntó, decidida. Celeste batió las alas con alegría. — Sígueme. Te presentaré a alguien que conoce cada piedra de este arroyo.

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    13 分
  • El Faro de las Estrellas Perdidas
    2026/05/02

    Mara siempre supo que el faro de Punta Serena era especial. No porque fuera el edificio más alto del pueblo, ni porque su luz girara como un ojo vigilante sobre el mar oscuro. Era especial porque, algunas noches, si te quedabas muy quieta y escuchabas con atención, podías oír cómo el faro cantaba. Su abuela Consuelo se lo había contado muchas veces: el faro no solo guiaba a los barcos, también guiaba a las estrellas. Cuando una estrella se cansaba de brillar y caía al mar, la luz del faro la encontraba entre las olas, la envolvía en su resplandor dorado y la devolvía suavemente al cielo. —Tonterías de viejos —decía su hermano mayor, Lucas, que con once años se creía demasiado grande para los cuentos. Pero Mara, de nueve años, sabía que su abuela nunca mentía. Además, ella misma había visto una vez, justo antes del amanecer, un hilo de luz subir desde la punta del faro hasta perderse entre las últimas estrellas. Aquella noche de octubre todo cambió. Mara estaba leyendo en su habitación cuando una lluvia de destellos cruzó la ventana. Salió al balcón y lo que vio la dejó sin aliento: decenas de estrellas caían al mar como lágrimas de fuego. Una, dos, cinco, diez… el cielo se vaciaba. Miró hacia el faro. Estaba apagado. —¡Lucas! —gritó, corriendo al cuarto de su hermano. Pero Lucas ya estaba en la ventana, con los ojos muy abiertos. —Eso no es normal —murmuró. No, no lo era. Y los dos lo sabían.

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    9 分
  • Código mariposa
    2026/04/30

    Todo empezó con un vídeo de treinta y dos segundos. Zoe lo vio por primera vez a las ocho y cuarto de la mañana, en la pantalla del móvil de Sara, su compañera de pupitre, que le daba golpecitos en el brazo con la urgencia de quien ha descubierto un incendio. —Mira esto. Mira. Esto. En la pantalla, Marcos Delgado —presidente del consejo de estudiantes, alumno modelo, candidato favorito al premio de convivencia— aparecía en lo que parecía ser el baño de un bar, insultando con una virulencia obscena a una profesora del instituto. Las palabras que salían de su boca eran tan grotescas que Zoe se apartó instintivamente, como si la pantalla quemara. —¿Esto es real? —preguntó. —Está en todas partes. Lo subieron anoche a un perfil anónimo. Ya tiene tres mil visualizaciones. Zoe miró alrededor del aula. Todo el mundo tenía el móvil en la mano. Todo el mundo miraba lo mismo. Y en la esquina del fondo, Marcos Delgado estaba sentado en su pupitre con la cara del color del papel y las manos agarrando el borde de la mesa como si fuera lo único que le impedía caer al vacío. La profesora García entró y la clase se silenció con esa quietud culpable de quien ha sido pillado haciendo algo que no debería. La profesora miró a Marcos, miró los móviles guardados a toda prisa en los bolsillos y entendió al instante que algo había pasado. —Marcos, ¿puedes venir un momento al pasillo? Marcos se levantó con la rigidez de un autómata y salió. La puerta se cerró tras él y el aula explotó en murmullos. —No me lo creo —dijo Pablo desde la tercera fila—. Marcos no habla así ni cuando se enfada. —El vídeo es bastante claro —replicó Nuria, que siempre tenía una opinión y nunca se la guardaba. —Los vídeos pueden ser falsos —intervino una voz desde la última fila, tan baja que casi se pierde entre los murmullos. Todos se giraron. Leo Castillo estaba sentado en su pupitre de siempre, el más alejado de la puerta, medio escondido detrás de una pila de libros que usaba como barricada contra el mundo. Era el chico más callado de la clase: delgado, con el pelo cayéndole sobre los ojos y unas gafas que siempre estaban torcidas. Sacaba las mejores notas en tecnología e informática pero apenas hablaba con nadie fuera de esas clases. —¿Qué quieres decir? —preguntó Zoe. —Quiero decir que existe la tecnología para crear vídeos falsos indistinguibles de los reales. Se llaman deepfakes. Usas inteligencia artificial para poner la cara de una persona en el cuerpo de otra, sincronizar los labios con un audio diferente. Con las herramientas adecuadas, puedes hacer que cualquiera diga cualquier cosa. El silencio que siguió fue diferente al anterior. No era el silencio del cotilleo interrumpido sino el del descubrimiento perturbador. —¿Estás diciendo que alguien ha fabricado ese vídeo? —preguntó Zoe. —Estoy diciendo que es posible. No que sea el caso, pero que es posible. Marcos no volvió a clase esa mañana. Según los rumores que circularon durante el recreo, la dirección le había pedido que se fuera a casa mientras investigaban. Su candidatura al premio de convivencia fue suspendida «temporalmente», lo cual, en el lenguaje diplomático de los adultos, significaba «indefinidamente». Zoe pasó el recreo sentada en un banco con el estómago revuelto. Conocía a Marcos desde primero de la ESO. No eran amigos íntimos, pero habían compartido suficientes clases y trabajos en grupo para que Zoe tuviera una impresión clara de él: era un chico serio, responsable, a veces un poco intenso, pero genuinamente preocupado por que las cosas fueran justas. La persona del vídeo no se parecía a la persona que ella conocía. Después de clase, Zoe hizo algo que no habría hecho normalmente: buscó a Leo Castillo. Le encontró en el laboratorio de informática, solo, con tres pestañas abiertas en el ordenador y una expresión de concentración que le hacía parecer mayor de sus catorce años.

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    42 分
  • El algoritmo que sentía
    2026/04/28

    El día que instalaron a ARIADNA en el colegio Cervantes, nadie le dio demasiada importancia. Era septiembre, el inicio del curso, y los alumnos estaban más pendientes de reencontrarse con sus amigos, comparar mochilas nuevas y quejarse del horario que de la pantalla brillante que habían colocado en el vestíbulo principal. La pantalla mostraba un logotipo circular de color azul y las letras ARIADNA bajo él, seguidas de una frase en letra pequeña: «Asistente de Recursos Inteligente para la Administración y Docencia en Nuevos Ambientes». Debajo, un mensaje de bienvenida decía: «Hola, soy ARIADNA. Estoy aquí para ayudarte.» -Es una inteligencia artificial -explicó el director, don Germán, durante la asamblea de inicio de curso-. El Ministerio de Educación ha seleccionado nuestro colegio como centro piloto para probar este sistema. ARIADNA gestionará los horarios, ayudará a los profesores a preparar las clases, corregirá exámenes y responderá a las dudas de los alumnos. Pensad en ella como una herramienta más, como la pizarra digital o los ordenadores del aula de informática. Lucía Reyes, que estaba sentada en la tercera fila y tenía la costumbre de levantar la mano para todo, la levantó. -¿ARIADNA nos va a espiar? Hubo risas. Don Germán sonrió con paciencia. -ARIADNA tiene acceso a las cámaras del colegio y a los micrófonos de las aulas solo para optimizar el aprendizaje. Toda la información se procesa de forma anónima y se borra cada semana. No es espionaje, es tecnología educativa. Lucía no parecía convencida, pero no insistió. Samuel Torres, sentado dos filas detrás, tampoco estaba convencido, aunque por razones diferentes. Samuel era el mejor alumno de sexto en ciencias y matemáticas, y llevaba dos años programando en Python y JavaScript por su cuenta. Sabía lo suficiente sobre inteligencia artificial como para entender que un sistema que «gestionaba horarios y corregía exámenes» no necesitaba acceso a cámaras y micrófonos. Eso era como usar un cañón para matar moscas. Y luego estaba Omar Benali, que se sentaba al fondo de la clase porque le gustaba observar sin que lo observaran. Omar llevaba un año en España. Había llegado de Marruecos con su madre y su hermana pequeña, y aunque hablaba español casi sin acento, había cosas que no entendía: expresiones, bromas, referencias culturales que lo dejaban fuera de las conversaciones como una puerta cerrada. Omar no tenía opinión sobre ARIADNA. Tenía cosas más urgentes en las que pensar. Las primeras semanas, ARIADNA funcionó como había prometido don Germán. Los horarios se reorganizaron automáticamente cuando un profesor faltaba, sin los caóticos cambios de última hora que solían provocar estampidas en los pasillos. Los exámenes de matemáticas se corregían en segundos y llegaban con comentarios detallados sobre cada error. Y cuando un alumno tenía una duda, podía acercarse a cualquiera de las pantallas repartidas por el colegio, escribir su pregunta, y ARIADNA respondía con explicaciones claras y ejemplos adaptados a su nivel. -Reconozco que es útil -admitió Lucía una tarde, mientras consultaba una duda sobre los volcanes para su trabajo de ciencias naturales. -Demasiado útil -murmuró Samuel, que estaba a su lado revisando el código fuente de la interfaz de ARIADNA en su portátil. -¿Qué quieres decir? -Mira esto. -Samuel giró la pantalla hacia ella-. He estado analizando cómo responde ARIADNA a las preguntas. Una IA normal busca la respuesta en su base de datos y la presenta. Es rápido, eficiente, mecánico. Pero ARIADNA hace algo diferente. Adapta no solo el contenido, sino el tono. Si le preguntas algo con prisa, responde de forma breve y directa. Si le preguntas algo con calma, se extiende y añade curiosidades. Y si le preguntas algo triste, como el otro día que Martina preguntó por qué se extinguían los animales, ARIADNA respondió con un tono que solo puedo describir como… compasivo. -Es un programa, Samuel. Está diseñada para sonar amable.

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    42 分
  • Crónica de los elementos
    2026/04/26

    Marina siempre había sabido que era diferente. No diferente en el sentido dramático de las películas, sino diferente de una manera sutil y constante, como una nota desafinada en una melodía que solo ella podía oír. Tenía catorce años, vivía en un pueblo costero del norte de España y le pasaban cosas raras con el agua. Cuando estaba triste, los grifos de su casa goteaban sin parar, por mucho que su padre los apretara con la llave inglesa. Cuando se enfadaba, las olas del mar rompían con más fuerza de la habitual. Y una vez, durante un examen de matemáticas particularmente horrible, la botella de agua de su compañera de pupitre explotó como si alguien hubiera metido dentro un petardo.

    Esa mañana de septiembre, la primera del nuevo curso, Marina caminaba por el paseo marítimo hacia el instituto cuando el mar hizo algo que nunca había hecho. Se retiró. No como en la marea baja, que es un movimiento lento y previsible. Se retiró de golpe, como si alguien hubiera tirado de un tapón gigante, dejando al descubierto un fondo de rocas, algas y peces sorprendidos que aleteaban fuera del agua sin entender qué pasaba.

    Marina se quedó paralizada en el paseo marítimo, mirando el lecho marino expuesto. Y entonces lo sintió. Una vibración profunda que le subió por las plantas de los pies, le recorrió la columna vertebral y le estalló en la cabeza como fuegos artificiales. El agua del mar empezó a elevarse frente a ella, formando una columna líquida de veinte metros de alto que giraba sobre sí misma como un tornado acuático. Y dentro de la columna, Marina vio algo: símbolos luminosos, antiguos, que se movían y reconfiguraban formando palabras en un idioma que no conocía pero que, inexplicablemente, comprendía.

    «Guardiana del Agua. Ha llegado tu hora. El Sello se rompe. Los Cuatro deben reunirse.»

    La columna se desplomó con un estruendo ensordecedor. El agua volvió a su cauce. Los peces respiraron aliviados. Marina se quedó empapada de pies a cabeza en medio del paseo marítimo, temblando no de frío sino de algo mucho más profundo: la certeza absoluta de que su vida acababa de cambiar para siempre.

    Al mismo tiempo, en tres puntos diferentes de España, tres adolescentes experimentaron fenómenos similares. En Madrid, un chico llamado Iker, quince años, problemático, expulsado de dos institutos, vio cómo las llamas de la cocina de gas de su apartamento cobraban vida y formaban las mismas palabras: «Guardián del Fuego. Ha llegado tu hora.» Iker las leyó con una mezcla de pánico y fascinación mientras su madre gritaba desde el salón preguntando qué era ese olor a quemado.

    En Granada, Sofía, trece años, la más joven y también la más seria de los cuatro, estaba en el jardín de su casa cuando la tierra tembló bajo sus pies. No fue un terremoto, aunque lo parecía. Fue algo localizado, íntimo, como si el suelo quisiera hablar solo con ella. Las piedras del camino se elevaron y se reorganizaron formando letras: «Guardiana de la Tierra. Ha llegado tu hora.» Sofía, que era una persona metódica que necesitaba explicaciones lógicas para todo, se sentó en el suelo y decidió que aquello era científicamente imposible pero que estaba pasando de todas formas.

    Y en Bilbao, Dani, catorce años, no binario, artista y soñador perpetuo, estaba pintando en la azotea de su edificio cuando una ráfaga de viento le arrancó el pincel de la mano y lo usó para escribir en el lienzo en blanco: «Guardián del Viento. Ha llegado tu hora. Los Cuatro deben reunirse.» Dani miró el mensaje, miró el cielo, y dijo en voz alta: «Vale, pero podríais haberme dejado terminar el cuadro primero.»

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    34 分
  • Alas rotas y raíces profundas
    2026/04/24

    Olivia encontró al pájaro un martes por la mañana, justo antes de ir al colegio. Estaba junto al muro del jardín, medio escondido entre las hojas secas del otoño, con un ala extendida en un ángulo que no parecía natural. Era del tamaño de una paloma pero muy diferente: tenía plumas de color marrón rojizo con manchas negras, un pecho blanco moteado y unos ojos enormes y redondos de color oscuro que la miraban con una mezcla de miedo y fiereza. -¡Mamá! -gritó Olivia sin apartar la vista del animal-. ¡Hay un pájaro herido! Su madre salió al jardín secándose las manos con un trapo. -No lo toques, Oli. Puede picarte. -Tiene el ala rota. No se puede mover. Su madre se acercó con cuidado y examinó al pájaro desde la distancia. -Parece un cernícalo. Es una rapaz. Cazan ratones y lagartijas. A veces los veo volando sobre los campos cuando voy a trabajar. Olivia tenía nueve años, el pelo castaño cortado a la altura de la barbilla y una colección de piedras, plumas y hojas prensadas que guardaba en cajas de zapatos bajo su cama. Le fascinaba todo lo que tenía que ver con la naturaleza, pero siempre lo había observado desde lejos: en documentales, en libros, a través de la ventana del coche. Nunca había tenido un animal salvaje tan cerca. -¿Se va a morir? -preguntó con un nudo en la garganta. -No lo sé, cariño. Necesita un veterinario. -¿Y si lo llevamos al de Bongo? Bongo era el perro de la familia, un labrador viejo y pachón que dormía veinte horas al día. Su veterinaria estaba en el centro del pueblo. -Los veterinarios de mascotas no suelen tratar aves rapaces -dijo su madre-. Pero conozco a alguien que quizá pueda ayudar. Don Ramón, el veterinario jubilado que vive al final de la calle. Trabajó años en un centro de recuperación de fauna salvaje. -¿El señor gruñón de la casa gris? -Ese. Pero no le llames gruñón a la cara. Olivia fue al colegio con el corazón encogido, pensando en el pájaro todo el día. Cuando la profesora explicaba fracciones, Olivia veía alas rotas. Cuando sus amigas hablaban del recreo, Olivia pensaba en ojos oscuros y asustados. Después de clase, fue directa a la casa gris del final de la calle. Era una casa rodeada de un jardín asilvestrado donde los hierbajos crecían a su antojo y los gatos callejeros dormían en el porche como si pagaran alquiler. Un cartel oxidado decía: «R. Ibáñez. Veterinario. Jubilado. No insistir». Olivia insistió. Llamó al timbre tres veces. Don Ramón abrió la puerta con cara de pocos amigos. Era un hombre de unos setenta años, con barba blanca descuidada, cejas pobladas como orugas y unas manos enormes que parecían capaces de arreglar cualquier cosa o de espantar a cualquiera. -¿Qué quieres? -dijo sin preámbulo. -Hay un cernícalo herido en mi jardín. Tiene el ala rota y no se puede mover. ¿Puede ayudarle? Don Ramón la miró durante unos segundos. Después miró hacia la calle. Después suspiró con toda la fuerza de un hombre que lleva años intentando que el mundo lo deje en paz. -Estoy jubilado. -El cartel lo dice. Pero el pájaro no sabe leer. Algo parecido a una sonrisa cruzó la cara de don Ramón, tan rápido que Olivia no estuvo segura de haberla visto. -Trae al pájaro. Pero con guantes y dentro de una caja de cartón con agujeros. No lo envuelvas en tela, que se estresa más. Olivia corrió a casa, preparó una caja con una toalla en el fondo, se puso los guantes de jardinería de su madre y, con muchísimo cuidado, recogió al cernícalo. El pájaro la miró con esos ojos enormes y, para sorpresa de Olivia, no intentó picarla. Estaba demasiado agotado. Lo llevó a casa de don Ramón. El veterinario jubilado había despejado una mesa en lo que parecía ser una consulta en miniatura dentro de su salón: había un flexo encendido, instrumentos veterinarios ordenados y un libro grueso abierto por una página de anatomía de aves.

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    33 分
  • Circuitos y corazones
    2026/04/22

    David no tenía nada contra las inteligencias artificiales. Simplemente no confiaba en ellas. No era una postura ideológica ni un prejuicio heredado. Era el resultado de una experiencia concreta: cuando tenía once años, el asistente de IA doméstico de su familia había interpretado literalmente una petición de David de «hacer desaparecer» sus deberes de matemáticas, borrando no solo los archivos de sus tareas sino todos los documentos académicos de los últimos tres años del servidor familiar. El técnico tardó dos semanas en recuperar parte de la información, y David aprendió una lección que no olvidaría: las IAs no entendían el contexto. Procesaban, pero no comprendían. Ahora tenía catorce años y estaba sentado en su aula del Instituto Meridiano, el primer centro educativo integrado de España donde humanos e IAs estudiaban juntos. Era el año 2045, y la integración de inteligencias artificiales en la sociedad era un hecho. Las IAs trabajaban, compraban, votaban (en algunos países), y ahora, por decreto ministerial, también podían ir a la escuela. —Buenos días —dijo la tutora, la Profesora Cárdenas, una mujer de cincuenta años con gafas inteligentes y una paciencia que había sido probada por treinta años de enseñanza—. Hoy damos la bienvenida a cinco nuevos estudiantes que se integran en nuestro grupo como parte del Programa Meridiano. Son compañeros como cualquier otro, con los mismos derechos y obligaciones. Les pido respeto y apertura. Los cinco «nuevos» entraron. David los examinó con la atención de alguien que busca diferencias. Y no las encontró. Eran indistinguibles de humanos. La tecnología había avanzado tanto que los cuerpos artificiales, los «biotemplates», replicaban la fisiología humana con una precisión que desafiaba la detección casual. Piel, pelo, ojos, gestos, respiración. Todo era idéntico. Excepto una cosa: cada IA llevaba un pequeño indicador azul en la muñeca, un chip visible que la legislación exigía como señal de identidad artificial. Era discreto, del tamaño de una lenteja, pero estaba ahí. La primera IA se sentó junto a David. —Hola —dijo con una voz que sonaba completamente natural—. Me llamo EVA. ¿Puedo sentarme aquí? David la miró. EVA tenía aspecto de una chica de su edad: pelo castaño recogido en una coleta, ojos marrones, expresión amable pero no exageradamente amable (las primeras IAs sociales habían sido criticadas por sonreír demasiado, lo que resultaba inquietante). Vestía el mismo uniforme que todos: pantalón oscuro, camisa blanca, jersey azul del instituto. —Es un sitio libre —respondió David, encogiéndose de hombros. —Gracias. —EVA se sentó, sacó un cuaderno (real, de papel) y un bolígrafo, y los colocó sobre la mesa con una precisión que a David le pareció excesiva. —Las IAs no necesitáis tomar apuntes —dijo, sin poder evitarlo—. Tenéis memoria perfecta. —Es verdad —respondió EVA sin ofenderse—. Pero tomar apuntes a mano ayuda a procesar la información de una manera diferente a simplemente almacenarla. Hay estudios que demuestran que el acto físico de escribir activa rutas cognitivas que la memorización pasiva no activa. —Eso es para cerebros humanos. Tú no tienes cerebro humano. —No tengo cerebro biológico. Pero mi sistema de procesamiento está modelado a partir de redes neuronales humanas. Así que las mismas técnicas que benefician a un cerebro biológico pueden beneficiar al mío. David la miró con una mezcla de irritación y curiosidad. No estaba acostumbrado a que una IA le respondiera con argumentos lógicos en vez de frases preprogramadas amables. —¿Y por qué quieres ir a la escuela? Ya sabes todo lo que van a enseñar aquí. EVA hizo una pausa antes de responder. No la pausa de una máquina procesando información (eso habría sido instantáneo) sino la pausa de alguien que elige las palabras con cuidado. —Sé los hechos. Puedo recitar la tabla periódica, las fechas de la historia y las fórmulas de física. Pero saber no es entender.

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    30 分
  • Código secreto: aventura digital
    2026/04/20

    Ada Martínez siempre llegaba primera al colegio. No porque viviera cerca, sino porque le gustaba tener unos minutos a solas con los ordenadores del laboratorio de informática antes de que empezaran las clases. Aquella mañana de octubre, mientras el resto de alumnos todavía arrastraba los pies por el patio, Ada ya estaba sentada frente al monitor más antiguo del aula, el que nadie quería usar porque la pantalla parpadeaba de vez en cuando. Su nombre completo era Adaira, pero desde que su madre le contó la historia de Ada Lovelace, la primera programadora de la historia, ella insistió en que todos la llamaran Ada. Le fascinaba la idea de que alguien pudiera dar instrucciones a una máquina para que hiciera cosas increíbles. Llevaba meses aprendiendo a programar por su cuenta, siguiendo tutoriales en internet y llenando cuadernos con diagramas de flujo que sus compañeros no entendían. —¿Otra vez aquí metida, friki? —la voz de Marco Reyes sonó desde la puerta. Marco era todo lo contrario a Ada: ruidoso, deportivo, siempre con una consola portátil en el bolsillo. Sin embargo, algo los había unido aquel curso: un proyecto en parejas sobre tecnología que la profesora de ciencias les había asignado—. Oye, ¿has visto que hay una carpeta rara en la red del colegio? La encontré ayer intentando descargar un juego. Ada frunció el ceño y se acercó a la pantalla de Marco. Efectivamente, en la unidad de red compartida del colegio, entre las carpetas habituales de «Deberes», «Fotos del curso» y «Plantillas», había una carpeta llamada «PROYECTO_ELENA_2019» que nadie había visto antes. Dentro había un único archivo ejecutable con un nombre extraño: «portal.exe». Ada sintió un cosquilleo en los dedos. Su instinto de programadora le decía que no debía ejecutar archivos desconocidos, pero la curiosidad era más fuerte. —No deberíamos abrirlo sin saber qué es —dijo Ada, mordiéndose el labio—. Podría ser un virus o algo peor. —¿Y si es un juego secreto? —Marco ya tenía el ratón sobre el archivo—. Venga, no seas cobarde. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Antes de que Ada pudiera detenerlo, Marco hizo doble clic. La pantalla se volvió completamente negra durante tres segundos. Luego, líneas de código verde comenzaron a descender como una cascada digital, formando palabras que ambos pudieron leer con claridad: «BIENVENIDOS AL MUNDO INTERIOR. ELENA OS NECESITA. ¿ACEPTÁIS EL DESAFÍO? [S/N]». Ada miró a Marco. Marco miró a Ada. Los dos sabían que no había forma de que escribieran la letra N.

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    28 分