『Relatia Podcast』のカバーアート

Relatia Podcast

Relatia Podcast

著者: Relatia.es
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2026年5月12日まで。4か月目以降は月額1,500円で自動更新します。

概要

Relatia.es es la plataforma donde los jóvenes escritores dan vida a sus historias. En este podcast escucharás cuentos originales creados por estudiantes de todas las edades: aventuras, fantasía, misterio y mucho más. Cada episodio es un cuento completo o un capítulo narrado, nacido de la creatividad y el trabajo colaborativo en el aula. Descubre el talento de la próxima generación de escritores. Ideal para familias, educadores y amantes de la literatura infantil y juvenil.Relatia.es アート 文学史・文学批評
エピソード
  • El Jardín Secreto de las Mariposas
    2026/05/04

    Sofía tenía seis años y medio, y sabía contar hasta mil, aunque nunca lo había hecho entero porque siempre se distraía al llegar al trescientos. Aquel lunes, mientras el resto de su clase hacía fila para entrar al comedor, Sofía vio algo brillante entre los arbustos del patio trasero. Era una mariposa azul, más grande que su mano, con las alas cubiertas de puntitos dorados. — ¡Qué bonita! — susurró. La mariposa agitó las alas como si la hubiera oído y voló despacio hacia la tapia del fondo. Sofía miró a ambos lados. Nadie la observaba. Dejó su mochila junto a la pared y siguió a la mariposa. Detrás de la tapia, escondido entre hiedras y madreselvas, había un agujero en la pared justo del tamaño de una niña pequeña. Sofía se agachó y pasó al otro lado. Lo que encontró la dejó con la boca abierta. Era un jardín. Pero no un jardín cualquiera. Las flores eran enormes, del tamaño de paraguas, y brillaban con colores que Sofía no sabía nombrar. Había rosas que parecían de cristal, girasoles con pétalos de terciopelo morado y margaritas tan blancas que resplandecían como pequeñas lunas. Y las mariposas… había cientos. De todos los tamaños y colores: rojas, verdes, naranjas, algunas con rayas como los tigres y otras con lunares como las mariquitas. — Bienvenida, Sofía — dijo una voz suave. Sofía dio un salto. La mariposa azul se había posado en un girasol morado, justo a la altura de sus ojos. — ¿Tú… tú hablas? — tartamudeó. — Todas hablamos — respondió la mariposa con una risita que sonaba como campanillas —. Me llamo Celeste. Llevamos mucho tiempo esperándote. — ¿Esperándome? ¿A mí? — Sofía se señaló a sí misma, confundida. — A alguien que pudiera vernos y oírnos. Los adultos ya no pueden. Y la mayoría de los niños tienen demasiada prisa. Pero tú te has parado a mirar. Eso es lo más importante. Sofía no entendía muy bien qué pasaba, pero el jardín era precioso y Celeste parecía simpática. Entonces se fijó en algo que no estaba bien: al fondo del jardín, un pequeño arroyo que debería tener agua estaba completamente seco. Las piedras del fondo se veían polvorientas y las flores cercanas tenían las hojas arrugadas. — ¿Qué le ha pasado al arroyo? — preguntó. — Eso es lo que necesitamos que descubras — dijo Celeste, y sus alas perdieron un poco de brillo —. Sin agua, el jardín morirá. Y si el jardín muere, todas nosotras desapareceremos. Sofía tragó saliva. Aquello sonaba muy serio para una niña de seis años y medio. Pero miró las flores luminosas, las mariposas de colores y el arroyo vacío, y supo que tenía que ayudar. — ¿Por dónde empiezo? — preguntó, decidida. Celeste batió las alas con alegría. — Sígueme. Te presentaré a alguien que conoce cada piedra de este arroyo.

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    13 分
  • El Faro de las Estrellas Perdidas
    2026/05/02

    Mara siempre supo que el faro de Punta Serena era especial. No porque fuera el edificio más alto del pueblo, ni porque su luz girara como un ojo vigilante sobre el mar oscuro. Era especial porque, algunas noches, si te quedabas muy quieta y escuchabas con atención, podías oír cómo el faro cantaba. Su abuela Consuelo se lo había contado muchas veces: el faro no solo guiaba a los barcos, también guiaba a las estrellas. Cuando una estrella se cansaba de brillar y caía al mar, la luz del faro la encontraba entre las olas, la envolvía en su resplandor dorado y la devolvía suavemente al cielo. —Tonterías de viejos —decía su hermano mayor, Lucas, que con once años se creía demasiado grande para los cuentos. Pero Mara, de nueve años, sabía que su abuela nunca mentía. Además, ella misma había visto una vez, justo antes del amanecer, un hilo de luz subir desde la punta del faro hasta perderse entre las últimas estrellas. Aquella noche de octubre todo cambió. Mara estaba leyendo en su habitación cuando una lluvia de destellos cruzó la ventana. Salió al balcón y lo que vio la dejó sin aliento: decenas de estrellas caían al mar como lágrimas de fuego. Una, dos, cinco, diez… el cielo se vaciaba. Miró hacia el faro. Estaba apagado. —¡Lucas! —gritó, corriendo al cuarto de su hermano. Pero Lucas ya estaba en la ventana, con los ojos muy abiertos. —Eso no es normal —murmuró. No, no lo era. Y los dos lo sabían.

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    9 分
  • Código mariposa
    2026/04/30

    Todo empezó con un vídeo de treinta y dos segundos. Zoe lo vio por primera vez a las ocho y cuarto de la mañana, en la pantalla del móvil de Sara, su compañera de pupitre, que le daba golpecitos en el brazo con la urgencia de quien ha descubierto un incendio. —Mira esto. Mira. Esto. En la pantalla, Marcos Delgado —presidente del consejo de estudiantes, alumno modelo, candidato favorito al premio de convivencia— aparecía en lo que parecía ser el baño de un bar, insultando con una virulencia obscena a una profesora del instituto. Las palabras que salían de su boca eran tan grotescas que Zoe se apartó instintivamente, como si la pantalla quemara. —¿Esto es real? —preguntó. —Está en todas partes. Lo subieron anoche a un perfil anónimo. Ya tiene tres mil visualizaciones. Zoe miró alrededor del aula. Todo el mundo tenía el móvil en la mano. Todo el mundo miraba lo mismo. Y en la esquina del fondo, Marcos Delgado estaba sentado en su pupitre con la cara del color del papel y las manos agarrando el borde de la mesa como si fuera lo único que le impedía caer al vacío. La profesora García entró y la clase se silenció con esa quietud culpable de quien ha sido pillado haciendo algo que no debería. La profesora miró a Marcos, miró los móviles guardados a toda prisa en los bolsillos y entendió al instante que algo había pasado. —Marcos, ¿puedes venir un momento al pasillo? Marcos se levantó con la rigidez de un autómata y salió. La puerta se cerró tras él y el aula explotó en murmullos. —No me lo creo —dijo Pablo desde la tercera fila—. Marcos no habla así ni cuando se enfada. —El vídeo es bastante claro —replicó Nuria, que siempre tenía una opinión y nunca se la guardaba. —Los vídeos pueden ser falsos —intervino una voz desde la última fila, tan baja que casi se pierde entre los murmullos. Todos se giraron. Leo Castillo estaba sentado en su pupitre de siempre, el más alejado de la puerta, medio escondido detrás de una pila de libros que usaba como barricada contra el mundo. Era el chico más callado de la clase: delgado, con el pelo cayéndole sobre los ojos y unas gafas que siempre estaban torcidas. Sacaba las mejores notas en tecnología e informática pero apenas hablaba con nadie fuera de esas clases. —¿Qué quieres decir? —preguntó Zoe. —Quiero decir que existe la tecnología para crear vídeos falsos indistinguibles de los reales. Se llaman deepfakes. Usas inteligencia artificial para poner la cara de una persona en el cuerpo de otra, sincronizar los labios con un audio diferente. Con las herramientas adecuadas, puedes hacer que cualquiera diga cualquier cosa. El silencio que siguió fue diferente al anterior. No era el silencio del cotilleo interrumpido sino el del descubrimiento perturbador. —¿Estás diciendo que alguien ha fabricado ese vídeo? —preguntó Zoe. —Estoy diciendo que es posible. No que sea el caso, pero que es posible. Marcos no volvió a clase esa mañana. Según los rumores que circularon durante el recreo, la dirección le había pedido que se fuera a casa mientras investigaban. Su candidatura al premio de convivencia fue suspendida «temporalmente», lo cual, en el lenguaje diplomático de los adultos, significaba «indefinidamente». Zoe pasó el recreo sentada en un banco con el estómago revuelto. Conocía a Marcos desde primero de la ESO. No eran amigos íntimos, pero habían compartido suficientes clases y trabajos en grupo para que Zoe tuviera una impresión clara de él: era un chico serio, responsable, a veces un poco intenso, pero genuinamente preocupado por que las cosas fueran justas. La persona del vídeo no se parecía a la persona que ella conocía. Después de clase, Zoe hizo algo que no habría hecho normalmente: buscó a Leo Castillo. Le encontró en el laboratorio de informática, solo, con tres pestañas abiertas en el ordenador y una expresión de concentración que le hacía parecer mayor de sus catorce años.

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    42 分
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