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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

著者: Juan David Betancur Fernandez
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Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.© 2026 Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda 世界 文学・フィクション 社会科学
エピソード
  • 784. Café en suspenso
    2026/08/18

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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com

    Había una vez un pueblo en las faldas del Vesubio en Italia llamado Spaccanopoli, Era la temporada fría y El viento de noviembre bajaba del Vesubio colándose por los callejones de Spaccanapoli, afilado y gris. Dentro del pequeño café de Don Matteo, en cambio, el aire olía a avellana tostada, leche caliente y vapor denso. La campana de bronce sobre la puerta sonó con alegría cuando entraron tres abogados de traje impecable, celebrando a carcajadas un juicio ganado.

    —Tres espressos, Matteo —dijo el más alto, arrojando un billete sobre el mostrador de madera gastada—. Y anota dos en suspenso.

    Don Matteo asintió con una leve inclinación de cabeza. Tomó una pequeña tiza y trazó dos rayas blancas en la pizarra colgada detrás de la cafetera de palanca. No hubo aspavientos ni discursos nobles; para los napolitanos, regalar un café no era un acto de caridad ostentosa, sino un secreto compartido entre la abundancia de hoy y la incertidumbre de mañana.

    Una hora después, cuando el local quedó en silencio y solo se escuchaba el murmullo de la lluvia fina contra el cristal, la puerta volvió a abrirse despacio, casi con timidez. Entró Tonino. Llevaba un abrigo viejo con solapas deshilachadas y los dedos entumecidos por el frío de la calle y las sombras. Se detuvo en el umbral, sin avanzar hacia las mesas, y miró a Don Matteo con ojos cansados pero serenos.

    —Don Matteo... ¿hay algún café en suspenso?

    El barista miró la pizarra, aunque conocía la cuenta de memoria. Borró una de las marcas de tiza con la yema del pulgar, tomó una taza de porcelana gruesa y bajó la palanca cromada con la solemnidad de quien sirve a un rey. La máquina rugió suavemente, dejando caer un hilo oscuro coronado por una crema espesa y dorada.

    —Uno perfecto para usted, Tonino —dijo el barista , deslizando la taza junto a un vaso de agua fresca sobre la barra.

    Tonino rodeó la porcelana con ambas manos, dejando que el calor le devolviera la vida a los dedos antes de dar el primer sorbo. Cerró los ojos. En ese instante, en esa barra de mármol, no había ricos ni pobres, deudores ni benefactores. Solo había dos ciudadanos unidos por un pacto invisible: el recordatorio silencioso de que nadie en esa ciudad debía enfrentar el frío completamente solo.

    Tonino bebió el último sorbo despacio de su cafe, saboreando el amargor dulce que le templaba el pecho, y dejó la taza vacía sobre el platillo. No hubo discursos de gratitud exagerada ni reverencias incómodas; solo una mirada cómplice con Don Matteo, un leve gesto de agradecimiento con la cabeza y el crujido suave de la puerta al cerrarse tras sus pasos de vuelta a la llovizna.

    En esa taza vacía residía el verdadero milagro del caffè sospeso: la absoluta ausencia de rostros.

    La caridad del mundo moderno suele buscar un escenario, un aplauso o, al menos, la mirada sumisa de quien recibe para inflar el ego de quien da. Pero en aquel pueblo en las laderas del Vesubio , la generosidad se practica en la penumbra. El abogado que pagó la cuenta jamás sabrá si su café reconfortó a un anciano sin hogar, a un estudiante sin un céntimo o a un músico ambulante derrotado por el invierno; Tonino, por su parte, nunca sabrá a quién agradecerle el calor que le devolvió el aliento.

    Ese anonimato perfecto es el que preserva la dignidad intacta. Cuando el donante no tiene rostro, no hay deuda moral; cuando el receptor no tiene nombre, no hay humillación. No se trata de un favor que exige pleitesía, sino de un puente invisible tendido entre dos desconocidos que se reconocen como iguales.

    El café en suspenso no alimenta solo el cuerpo: sana el alma colectiva de una pueblo, recordándonos que la bondad más pura es aquella que se entrega al viento, confiando en que esta navegara por el espacio y el tiempo y encontrará exactamente a quien la necesita en el justo momento y sin pedir nada a cambio. Ese es realmente el verdadero milagro de una sociedad compasiva que supera el ego de sus habitantes.

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    6 分
  • 783. El alma de Lola (Infantil)
    2026/08/12

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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com

    Había una vez un carpintero llamado Mateo. Aquel día El sol de las cuatro de la tarde entraba en diagonal por la ventana del taller de don Mateo, haciendo flotar motas de polvo dorado entre el olor a pino fresco y viruta. A sus setenta y tantos años, sus manos, gruesas y zurcidas por el tiempo, ya no se movían con la rapidez de antes, pero conservaban una precisión casi mágica.

    Esa tarde no trabajaba en un mueble ni en una restauración importante. Sencillamente lijaba un pequeño trozo de roble que no tenía forma clara todavía. En el pueblo decían que Mateo no lijaba madera: la acariciaba hasta que soltaba una sonrisa.

    De pronto, el timbre de la puerta de madera resonó suavemente. Era Lucía, la nieta de su vecino, una niña de ocho años con los cordones desatados y la mirada extraviada de quien lleva una pena demasiado grande para su tamaño. Hacía dos semanas que su perrita lola, la compañera de todas sus tardes, se había ido de viejita. Lucía casi no hablaba desde entonces.

    Entró en silencio, caminó despacio entre los bancos de trabajo y se sentó en el taburete bajo, el que ocupaba desde que era pequeña para verlo trabajar. Mateo no dijo nada. No ofreció palabras de consuelo ni discursos sabios, porque sabía que hay dolores que las palabras solo rozan, pero no curan.

    El viejo carpintero simplemente tomó una segunda lija, un trozo más pequeño de madera suave y se lo tendió sin prisa.

    —Si me ayudas con esta esquina, terminamos antes —dijo con voz pausada, casi como un murmullo.

    Lucía miró la madera, luego a Mateo, y tomó la lija. Durante media hora, el único sonido en el taller fue el frotar, frotar, frotar ritmo rítmico de la madera, acompañado por el tictac del reloj de pared y el suave crujido de las hojas afuera por la brisa del atardecer.

    Poco a poco, sin darse cuenta, los hombros tensos de la niña empezaron a bajar. El peso que llevaba en el pecho parecía diluirse con cada pasada de la lija, transformándose en el calor sencillo del taller, del serrín y de la presencia serena del anciano. No había prisa. No había obligación de estar bien. Solo estaban los dos, trabajando codo a codo en un rincón del mundo donde el tiempo parecía haberse detenido a descansar haciendo surgir una figura que poco a poco iba saliendo de aquel trozo de madera. Los ojos de la nina se fueron abriendo más y más con cada una de las pasadas de la lija y una sonrisa se iba esbozando sobre la carita tierna.

    Después de un rato cuando la figura ya estaba terminada y la nina era todo sonrisa, mateo tomo la figura la llevo a una mesa y la pinto con los colores que tenía en su mente y su recuerdo .

    Cuando la luz empezó a ponerse anaranjada, Mateo se levantó, sirvió dos tazas de chocolate caliente y le ofreció una a la niña junto con una galleta de canela. Lucía tomó la taza entre sus dos manos pequeñas, sintiendo el calor atravesar la cerámica pero con sus ojos fijos en la figura.

    Cuando Mateo considero que la figurita de madera estaba ya seca la recogio diciendo

    Mira Recuerda siempre que los seres que más amamos y en especial aquellos que dios nos manda para que nos acompañen durante un corto tiempo nunca se van, siempre se alojan en algún lugar para que nosotros los podamos descubrir. Es necesario encontrarlos no con los ojos sino con el alma, El alma de tu perrita siempre estará contigo ya que se había depositado dentro de ese pequeño trozo de madera que me has ayudado a tallar y a pulir. Lo único que tuvimos que hacer fue limpiar un poco lo que la cubría y aquí esta contigo.

    Y colocando en sus manitas la figura exacta de la perrita que acababan de crear juntos le dio un apretón de manos que abrazo el corazón de la niña.

    Miró al viejo carpintero, que le sonreía en silencio con las arrugas de los ojos marcadas por la ternura, y por primera vez en dos semanas, dejó escapar una sonrisa leve, chiquita, pero verdadera. No hacía falta decir nada más. A veces sentimos un apretón de manos en el corazón, una certeza silenciosa de que, a pesar de las ausencias y los raspones del camino siempre hay un alma justa que nos hace sanar de nuestras heridas. Y feliz salió de aquel taller con la replica exacta de su perrita lola que ahora la miraba desde su cuerpo de madera.

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    7 分
  • 782. El gigante egoista (Oscar Wilde)
    2026/08/10
    Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comTodas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de flores delicadas rosa y perla y en otoño daban sabroso fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros. Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en el jardín.-¿Qué estáis haciendo aquí? -gritó con voz muy bronca. Y los niños se escaparon corriendo.-Mi jardín es mi jardín -dijo el gigante-; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él. Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero: PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO PENA DE LEY Era un gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.-¡Qué felices éramos allí! -se decían. Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Sólo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.-La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaron-, así que viviremos aquí todo el año. La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiraba.-Este es un lugar delicioso -dijo-. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita. Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.-No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar -decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco-. Espero que cambie el tiempo. Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.-Es demasiado egoísta -decía. Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles. Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era sólo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.-Creo que la primavera ha llegado por fin -dijo el gigante. Y saltó del lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio? Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena. Sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.-Trepa, ...
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    12 分
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