Eso pensamos la gran mayoría, pero en realidad no todos hablan. Todo se determina de acuerdo al sistema y a las circunstancias existentes.
Es absoluto: «pues claro que no».
Muchas veces nos hacen creer que podemos ejercer ese derecho de opinar y expresar, pero es puro espejismo: nos lo ponen en lo último de un pino, sin escalera ni soga, y nos dicen que ahí está, pero solo existe entre comillas.
El Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos establece el derecho a opinar, investigar, recibir y difundir información por cualquier medio y sin fronteras.
A su vez, el Artículo 20 garantiza la libertad de reunión y asociación pacíficas. Ambos pilares son inseparables y sostienen a toda sociedad democrática; no hay democracia real si no se puede buscar información o congregarse sin censura ni miedo a represalias.
A los días de hoy, el derecho a la libertad de expresión se ha hecho más amplio; todo se revolucionó con el surgimiento del Internet como herramienta para masificarlo, pero con regulaciones que exigen proteger otros principios sin ahogar su carácter libre y democratizador del mismo.
El intento por ejercer esos derechos han marcado una frontera política en el mundo lleno de dilemas.
Ejemplo de ellas han sido las dictaduras y los regímenes comunistas: el Estado te censura, vigila, bloquea plataformas y encarcela la disidencia por pensar diferente.
Por otro lado, en democracias como Estados Unidos, se observan formas de censura más sutiles mediante presiones de la corrección política, principalmente en la izquierda se hace notar más, sobre las plataformas para moderar o cancelar contenidos e ideas incómodas.
Testimonio Personal
Estando cursando el preuniversitario en Cuba, estuve vinculado a un taller literario donde me inicié en la escritura; de hecho, lo heredé de mi madre, una escritora independiente a quien el régimen nunca le permitió ejercer como escritora, persiguiendo sus escritos y por su fe cristiana.
Un día, inspirado por una copia de la Declaración Universal de Derechos Humanos que mi mamá guardaba, escribí un artículo sobre la libertad de expresión para exponerlo en el taller literario.
Ese escrito me costó que me amenazaran con la expulsión del preuniversitario y mi primera detención.
Aquella estigmatización me persiguió por años. Al graduarme del preuniversitario no querían otorgarme la carrera universitaria, a pesar de haber aprobado los exámenes de ingreso por concurso libre.
Solo pude entrar tras los constantes reclamos de la esposa de un tío materno, quien trabajaba en el IPE (empresa vinculada al Ministerio de Educación) y exigió que me reconocieran la plaza ganada por mérito propio.
En mi primer año en la Universidad, vi un cartel a la entrada de la misma con la frase de Fidel Castro: «La universidad es para los revolucionarios».
Le comenté en tono de broma a un compañero: «Bueno, entonces yo no puedo estar aquí, porque no soy revolucionario, soy cristiano».
Un alumno dirigente de la FEU me delató y al día siguiente me citaron ante la decana para expulsarme, lo cual no se concretó gracias a mi rendimiento académico y al respaldo de profesores y compañeros de aula.
Por si fuera poco, después que me gradué con vistas a una ubicación para hacer mi servicio social, me exigieron como requisito un RM-40 del comité militar; al darme la planilla venía con una nota en observaciones que decía: «pertenece al quinto grupo, de los no incorporados a la defensa».
Finalmente no me dieron ubicación, marginándome laboralmente por no ser confiable no idóneo bajo el acuerdo 33 "De no idoneidad".
Un abogado y expreso político amigo de la familia me explicó lo que eso significaba realmente: el estar en esa lista negra de la quinta columna implicaba que, en caso de guerra o durante la visita de altos dirigentes a la provincia, la orden era encarcelarnos preventivamente, corriendo el riesgo de ser ejecutados o fusilados en caso de un escenario de guerra si la hubiera.
Parte de esa injusticia y el peligro para mi integridad física hizo inminente mi exilio, donde vivo hasta los días de hoy con secuelas y privaciones como el de no poder asistir al funeral de mi madre el 2020 y posterior el de mi padre en el 2021.
«Si la libertad significa algo, es el derecho a decir a la gente lo que no quiere oír».
— George Orwell
This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit franknicolasmorgadoelizondo.substack.com