エピソード

  • El César y Dios
    2026/10/18
    Quizás la frase que más resuene porque es la más conocida y más popular es la que dice Jesús como respuesta a la trampa que le ponen los herodianos: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Cristianos y no cristianos la solemos usar muy a menudo. Pero creo que equivocamos el sentido verdadero que encierra en sí la frase y que el mismo Jesús le quiere dar. A menudo usamos la frase para separar tantos y aguas: esto es esto y aquello es aquello. Una cosa es lo del César y otra lo de Dios. Y profundizamos: una cosa es la vida y otras es la fe; una cosa es la vida social, política y económica y otra es la religión. Decimos esto para no querer mezclar los tantos. Pareciera que hay que separar tantos. Incluso se corre el peligro de extremarlo: una cosa es el mundo y otra cosa es Dios, como si los dos no tuviesen nada que ver el uno con el otro. El sentido de la frase de Jesús, que aún hoy nos puede resultar enigmático creo que tiene que ver no con separar órdenes sino más bien con integrarlos. ¿Está bien pagar impuestos? ¡Claro que sí! ¿Es necesario venir los domingos a misa a compartir la fe? ¡Claro que sí! Pero ambas cosas no están en contradicción directa sino en plena integración. Un buen cristiano, paga impuestos, va a misa y por sobre todas las cosas, ama a sus hermanos más pobres. Usar la frase de Jesús como excusa sea para evadir impuestos, sea para no meterse en la vida social, política y económica es enfermizo. Es una esquizofrenia funcional, donde fe y vida no tienen nada que ver. Soy uno de lunes a viernes y sábados y domingos soy otro en la parroquia, en el movimiento, en la comunidad. Vivo de una determinada manera de lunes a viernes y de otra completamente distinta los fines de semana. “Soporto” la semana y “descanso” de mi vida sábado y domingo. Donde incluso puedo llegar a ser la persona más solidaria y comprometida que haya en el mundo y realizar grandes obras misioneras y de caridad. Casi como si me dividiera en dos: soy uno en la vida común de todos los días y soy otro en la “vida de Iglesia”. Por eso creo profundamente que la frase de Jesús es una frase muy jugada y que no elude en ningún momento la realidad y está lejos de negarla. Al decir “al César lo del César y a Dios lo de Dios”, claramente Jesús determina que ambas realidades tienen que ver una con la otra y que en definitiva una se subordina a la otra: el César a Dios. Esto quiere decir que el cristiano, discípulo misionero de no tiene “dos vidas”: tiene una sola. Y su vida de todos los días es su vida religiosa. Dios está en todo lo que hace. Más aún en el pagar impuestos. Toda la vida estalla de Dios. Y todo Dios estalla de mi vida. Es por eso que un discípulo de Jesús no le escapa a la realidad, no le escapa al mundo de la política, lo social y la economía. No le tiene miedo a esas cosas. Las asume como parte de su vida y las impregna de su fe. No vive con esquizofrenia. Vive con naturalidad, metiéndose en el barro de la historia, para descubrir allí a Jesucristo y también allí anunciarlo. En el corazón del mundo, el Corazón de Jesús. Bien adentro. Nunca afuera del mundo. Seamos cristianos en serio porque asumimos la tarea de seguir y anunciar a Jesús en la realidad del día a día de todos los días. Embarrándonos y jugándonos la vida en las realidades donde otros no quieran ir o donde otros no se quieran meter. Que allí haya Iglesia porque uno de nosotros es coherente y vive su fe. Que tengas un hermoso domingo lleno de la Pascua de Jesús
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  • ¡Todos a la viña!
    2026/10/02
    El evangelio de hoy que proclamamos en la liturgia son palabras dirigidas por Jesús a los doctores de la Ley los ancianos, es decir, aquellos que poseían el poder religioso en la época de Jesús. el gran problema de esta gente y que Jesús deja evidenciado en la parábola es que se equivocan: en algún momento se creen que son dueños. Pasan de ser meros administradores de una viña y se creen con total derecho sobre ella a tal punto de golpear, matar y apedrear a los servidores del verdadero dueño. Se olvidaron que son meros administradores. Se olvidaron que trabajan para alguien más y se hicieron ellos dueños y sus propios jefes. Esto Jesús lo aplica a la experiencia religiosa de Dios. De la misma manera que los fariseos, los doctores y los ancianos han privatizado a Dios. De alguna manera, como los de la viña, pasaron de ser administradores a creerse dueños. Han privatizado a Dios. Lo han hecho accesible solo a algunos que cumplen determinados ritos, pertenecen a una élite elegida, son parte de los iluminados y los elegidos. Para ellos Dios no es de todos y para todos sino sólo de algunos y para algunos. Como Iglesia no estamos exentos de esto. Nos puede pasar lo mismo de los viñadores de la parábola: dejar de ser servidores y pensar que somos dueños. Creer que Dios es solo nuestro y de nadie más. Y de esta manera dejamos gente afuera. por requisitos, por cláusulas canónicas, por prejuicios, por reglamentos; o porque pensamos que Dios está más cerca de nosotros, los que somos fieles, los que vamos a misa, los que participamos de instituciones parroquiales, grupos, movimientos… A veces corremos el riesgo de pensar que Dios es “más nuestro” que de otros. E incluso podemos caer en el mal del “hermano mayor” de la otra parábola. En vez de alegrarnos por la fiesta de hermanos que se encuentran o reencuentran con Jesús, nos entristecemos y pensamos más en nosotros que en ellos. Muchas veces nos pasa esto en el fondo del corazón. Y en vez de abrir puertas, como nos pide Francisco de Roma, las cerramos. Y nos olvidamos que hubo una época en la que nosotros no éramos cristianos, o lo éramos por costumbre o herencia, y no por elección personal. Y hubo Iglesia, hermanos, comunidad que nos presentó a Jesús, que nos recibió, que nos dio acogida. y que hizo fiesta porque volvíamos a ser de Jesús. Si esto nos pasó a nosotros, ¿por qué vamos a cerrar puertas y no hacer que pase con otros? ¡Abramos el corazón a Jesús y abramos el corazón a hermanos que quieren encontrarse con Él! Y otra lectura posible para poder reflexionar hoy es la de pensar literalmente en la viña como lugar y no como metáfora. La “Casa Común” como llama Francisco en Laudato Sí al mundo que habitamos los siete mil millones de personas que a diario lo caminamos, es de Dios y nosotros estamos para administrarla. No somos sus dueños. No somos propietarios de la Tierra. Somos sus habitantes por un instante de tiempo. Sin embargo hay poderosos que se han creído que son dueños. Y lo que era para todos, llamado “destinación universal de los bienes”, ha pasado a ser para algunos. Tierra, Techo, Trabajo, Agua, Vestimenta, Salud, Bienestar, Derechos Humanos… pareciera ser que no son para todos sino para algunos. De hecho el 20% de la población mundial acumula el 80% de la riqueza; así el restante 80% de la población mundial mendiga el 20% de los recursos del planeta. Producimos alimentos para alimentar tres veces la población mundial. Sin embargo mitad del mundo muere de hambre. Nos hemos olvidado que somos meros administradores, de la Misericordia de Dios y de la Casa Común que habitamos. Me pregunto como Iglesia Católica cuánto tiempo más permaneceremos callados frente a tantos pecados que claman al cielo. Te deseo un lindo domingo de la mano de la Resurrección de Jesús y será si Dios quiere, hasta el próximo evangelio.
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  • Dar cumplimiento es obrar bien
    2026/09/25
    ¡Qué lindo es este Evangelio de hoy, esta Palabra de vida que nos regala Jesús en la liturgia de hoy! Consta de una pequeña parábola pero que va a tener un efecto definitivo y definitorio en las relaciones que se establezcan en orden a la fe en Jesús y en el Padre. Jesús pregunta no “quién obró bien” sino más bien “quién cumplió la voluntad de su padre”. Porque estrictamente hablando y desde la mera lógica humana, el primero le responde de muy mala manera a su padre, casi cayendo en la deshonra: “No quiero”, le dice. Podría haber dicho otra cosa. Sin embargo, proclama lo que brota desde el fondo de su corazón: No quiero. Si nos guiamos por quién obró bien, podríamos decir el segundo. Ahora si nos preguntamos en profundidad quién cumplió la voluntad del padre, sin lugar a dudas el segundo. ¿Por qué? Porque le di cumplimiento a la voluntad del padre en su vida no con palabras sino con arrepentimiento y con obras. Fundamentalmente con obras. Esto no quiere decir de ninguna manera que no importe la palabra, pero tenemos que creer definitivamente que, como nos enseña San Ignacio de Loyola, el amor está más en las obras que en las palabras. Y no hay que olvidar que Jesús está hablando con fariseos: personas que hablaban mucho de Dios, pero que poco hacían por él; se llenaban la boca con palabras lindas pero no reflejaban de ninguna manera eso lindo que decían; se ataban a una ortodoxia del mero cumplimiento de leyes internas, sin poner alma y corazón, convenciéndose que con vacíos formalismos externos Dios se iba a quedar contento. Lo que importa es cumplir, el dogma por el dogma mismo, la ortodoxia fingida sin la adhesión del corazón, sin la concreción de la fe en la vida cotidiana. Por eso Jesús dice lo que dice de las prostitutas y publicanos. Ellos al principio dijeron “¡No quiero!” como el primer hijo. Pero al conocer el mensaje de Jesús, conocieron otro rostro de Dios Padre, se arrepintieron, es decir, sacaron por la fuerza del Espíritu todo lo que no tenía que ver con ser y sentirse hijo e hija de Dios y quisieron seguir a Jesús. Son los que cumplen no por cumplir y listo, sino que cumplen porque viven y adhieren a la propuesta de Jesús con todo su corazón. No se los juzga porque al principio pueden haber dicho que no. (¡Y cómo no decir que no al dios que proponían los fariseos de la época de Jesús!) Se los reconoce porque toman conciencia de su realidad y buscan que el mensaje de Jesús se haga carne y sangre, vida cotidiana, vida de todos los días y que esté en el día a día de todos los días. Son aquellos que viven tan a fondo su fe que no se distingue de su vida: su vivir es su fe y su fe es el amor puesto en obras. Hoy en nuestras comunidades corremos el riesgo de quedarnos con el mero formalismo falsamente ortodoxo de cumplir y pensar que por meros ritos, por lindas palabras, hermosos sermones y prédicas, charlas espirituales y retiros, por una mera adhesión externa al mensaje de Jesús sin que nos toque la médula, el alma y el corazón, vamos a ser cristianos. De ninguna manera. Si nuestra fe en Jesús no es una fe que se traduzca en obras sencillas pero contundentes de servicio y amor, especialmente en favor de los más necesitados y descartados por la sociedad de hoy, no habrá cristianismo posible. Tendremos grandes palabras acerca de lo que tenemos que hacer y grandes discursos, gestos vacíos y acostumbrados para decir y hacer siempre lo mismo sin poner pasión, garra y corazón a aquello que somos y vivimos. El mundo no cambia con tu opinión ni tu ritualismo ortodoxo; cambia con un corazón grande a imagen del Corazón de Jesús que hace nuevas todas las cosas y que pone en obras la fe que proclama con los labios. Quizás la clave de hoy sea sentirnos un poco prostitutas y publicanos. No por sus actos morales, sino porque supieron ver en Jesús la oportunidad de arrepentirse, de renovarse, de cambiar de rumbo, de sanar, de respirar aire libre y no viciado por el clericalismo de nuestras comunidades cristianas. Animarnos a dejarnos tocar por la Misericordia de Dios y pasar del cumplir al vivir y del decir al hacer. Te deseo un hermoso domingo lleno de la luz de la Pascua de Jesús. Y será si Dios quiere hasta el próximo evangelio.
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  • Dios es bueno con todos, ¿y nosotros?
    2026/09/20
    Una de las páginas duras de digerir es la del evangelio de hoy. Un amigo de la facultad, hace ya unos 20 años atrás me decía: “Esta es la página del evangelio que se me hace más difícil de digerir…” Y es verdad. Porque ajustados a la lógica meritocrática y de exitismo, nos revienta que los trabajadores de la primera hora ganen lo mismo que los de la última. Nos cuesta digerir y nos cuesta entender. El texto repite al inicio y el final la misma frase. “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Esta es la lógica del Dios que Jesús nos viene a anunciar. Y que tiene bastantes particularidades que nosotros podemos enumerar y distinguir en el texto de la Palabra de hoy y que nos pueden llevar por la gracia del Espíritu de Jesús a reflexiones más profundas todavía. Lo primero es que Jesús nos habla del Reino. Y este Reino actúa desde muy temprano. Es decir, no se deja ganar en generosidad y sale bien tempranito, antes que nosotros nos demos cuenta o que nosotros hayamos amanecido, a buscarnos. Es un Reino que existe antes que nosotros y después de nosotros seguirá existiendo aún. También es el Reinado de un Dios que busca hacerse encontrar. Es decir, no sale una sola vez y listo. No. Sale bien temprano, -de madrugada-, a media mañana, a mediodía, a la tarde y a última hora. Cinco veces en el día. ¡Es mucho! ¿No te parece? De esta manera el Reino de Dios, en la persona de Jesús, se nos manifiesta como un Dios generoso, en permanente salida, que busca incluir, que nadie se quede afuera y que sea de todos. En definitiva por ahí va el sentido de la Palabra de hoy. Las cinco veces que sale el dueño de la viña es la permanente salida de Jesús en pos de vos y de mí y de todos los varones y mujeres que habitamos este suelo. Es el permanente querer existir en pos de otros para que otros tengan vida y vida en abundancia. Jesús es el rostro de un Dios que incluye, tanto que a los que no pudieron trabajar, los contrata tan solo para que trabajen una hora. Pero los contrata. No los deja en la plaza. No los abandona. No mira para otro lado. No descarta. No se desentiende. No invisibiliza. No pasa de largo. ¡Eso es lo lindo del anuncio del Reino! Nadie se queda afuera y todos podemos encontrarnos dentro. La condición: aceptar con libertad la propuesta de Jesús. Fiarnos de él y de su palabra. De su Promesa. Y tanta radicalidad hay en el actuar de este Dios incluyente que anuncia Jesús, que aquellos que fueron contratados al final del día, son los primeros en ser llamados. Y cobran lo pactado a modo de jornal: un denario. ¡Esto provoca alegría en todos! Todos contentos con que los últimos cobren lo pactado. Ahora la bronca viene cuando llegan los últimos, que han sido los primeros contratados al ver que cobran el mismo denario que los demás. Ahí la ruptura. Ahí está el quiebre. Ahí la realidad. Ahí está la verdadera mentalidad de comercio y mercado que tenemos todos en el corazón. Y ahí se desnuda que la alegría del inicio no era porque el Señor sea bueno con todos sino porque vanamente los primeros en ser contratados piensan que van a cobrar más. Ni siquiera les importan los “obreros de la última hora”. Les importa lo que ellos van a ganar. Y la desilusión al ver que es lo mismo. A muchos de nosotros nos puede amargar este evangelio de la misma manera y del mismo modo que a los obreros de la primera hora. Y es de entender que nos amarga, porque justamente nos consideramos obreros de la primera hora. Nunca de la última. Porque nosotros somos los buenos, los santos, los piadosos, los que cumplimos, los que vamos a misa, los de siempre, los casi santos… Ahora… ¿si nos cambiamos de lugar? ¿Si nos ponemos en el lugar de los últimos? ¿Qué sentimos? Lindo ejercicio para hacer en esta semana. Creo que una de las principales tentaciones es pensar siempre que nosotros somos siempre los buenos de la película, los mejores de la Iglesia. ¿Y si no es así? Me imagino la doble alegría de los últimos obreros que terminaron siendo los primeros: no sólo alguien salió a contratarlos, sino además les pagó acorde a lo acordado. No los negreó. No abusó. No les puso excusas. Fue justo. ¿Podemos imaginarnos la dignidad que eso trae consigo? La clave va a estar entonces en que los últimos serán los primeros, porque tenemos nosotros que asumirnos como últimos. Y así dejar que Dios nos solo sea Dios. Sino además que sea bueno. De otra manera, vamos a seguir quejándonos injustamente frente a un Dios que quiere ser bueno con todos, mientras nosotros queremos ser justos con algunos…
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  • La eficacia del perdón
    2026/09/13
    Me parece que el evangelio de hoy tiene una clave fundamental a partir de la cual podemos entender todo y es que nosotros no somos dueños del perdón. Somos meros administradores. Es decir, el perdón es algo a lo cual nosotros no tenemos derecho. No es algo que a nosotros nos pertenece y entonces de alguna manera nosotros podemos dar a nuestro antojo porque nosotros queremos y según nuestra propia voluntad. El perdón es algo que nosotros administramos y administramos porque no nos corresponde por derecho propio sino porque lo hemos recibido. De esta manera nosotros somos administradores del perdón. Esto significa fundamentalmente que porque hemos recibido perdón de parte de otros y de Otro con mayúscula que es Dios es que nosotros también en esa medida podemos otorgar el perdón. Cuando sólo hacemos una linda experiencia de reconciliación, de sanación, de liberación profunda incluso de las heridas hondas de nuestra vida, nos damos cuenta que también nosotros podemos hacer eso con los demás: podemos desatar nudos; podemos también reparar heridas; también podemos ofrecer el perdón de nuestro corazón sinceramente porque alguien ya nos lo dio a nosotros. El primer acontecimiento fundamental de nuestra vida lo tenemos con Dios: todo lo que hace Dios con nosotros es misericordia. Todo lo que hace Dios con nosotros es perdón. Todo lo que hace Dios con nosotros es liberamos profundamente y definitivamente del poder del pecado. Decir que si hay alguien que perdona definitivamente nuestros pecados y si hay alguien que nos reconcilia con nosotros mismo, con nuestros hermanos y con Dios ese es Jesucristo. Entonces nosotros de esta manera podemos también “copiar sanamente” este modelo de ternura y misericordia de parte de Jesús que manifiesta este rostro de Dios. Es decir, nosotros nos podemos sentir llamados a entregar perdón, a hacernos misericordiosos, hacernos tiernos, a tener la misma misericordia que Dios ha tenido con nosotros y que nos permite en definitiva desarrollar una de las capacidades por la cual nosotros más nos parecemos a Dios: perdonar Perdonar que es mucho más que olvidar. Perdonar que es mucho más que renunciar al derecho a la venganza o a tomar partido por alguna de las partes o encasillarme en mis propios caprichos Perdón que significa ser capaz de reconstituir la vida y de poder ir más allá y de mirar más lejos Del dolor de la herida del sufrimiento tanto el que me causaron a mi como quizás también el que yo he causado. Por eso me parece muy importante hoy hacer un lindo llamado a la reflexión y a poder recordar esos momentos de perdón en nuestra vida Esos momento en que nosotros nos sentimos de veras reconciliados, perdonados, purificados, limpiados por la gracia de un Dios que no se deja ganar en generosidad. Y porque hacemos memoria agradecida de eso nos animamos en definitiva también nosotros a perdonamos como hermanos. A perdonamos los pecados y a decir que más allá del dolor, más allá de la herida y más allá de todo lo que hay en mi vida que me ha ata, que muchas veces no me deja ser libre, yo quiero deliberadamente mirar al otro a los ojos, para no tener en cuenta el mal que yo le cometí o el mal que él ha cometido conmigo y juntos poder definitivamente amarnos como hermanos Hermano y hermana te deseo un domingo lleno de la luz de la Pascua de Jesús. Será hasta el próximo Evangelio. Te deseo de corazón que puedas experimentar este perdón que brota del amor de Jesús, y de la Pascua del amor de Dios, que nos reconcilia con nosotros y también con estos hermanos; especialmente los que más necesitan de la ternura y de la misericordia de nuestro Dios
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  • ¡Basta de reunionitis!
    2026/09/05
    1️⃣ Menos "reunionitis" y más Jesús en lo cotidiano ✝️ 2️⃣ Escuchar al hermano con el corazón abierto 3️⃣ Perdonar de verdad para caminar libres ️
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  • Convertirse para amar
    2024/01/20
    Basta que Juan sea arrestado para que Jesús empiece su misión: proclamar la venida inminente del Reino de Dios, el anuncio gozoso de la Buena Noticia. El Evangelio nomás, así, sin glosa ni interpretación. Y lo que se exige frente a este anuncio es la conversión y la fe. Convertirse y creer. Convertirse tiene que ver con “cambiar la mentalidad” radicalmente. Implica un cambio en la óptica de ver las cosas y también en la manera de considerar la realidad. Es la apertura de mente y corazón a un nuevo orden, una nueva realidad, una renovada utopía, que es la del Reino de los Cielos. Y aquí tenemos que ser claros. Cuando Jesús habla del Reino, está hablando no del “cielo” como ese “lugar” al que vamos a ir, sino más bien a su persona. El Reino es el mismo Jesús que viene a instaurar con su Encarnación y su Pascua un nuevo orden de relaciones humanas y humanizantes donde lo único que esté permitido sea el amor. Es el nuevo modo de enteder al hombre, al mundo y a Dios: desde la perspectiva del amor; amor como donación solidaria y proexistente de toda mi persona para causar, generar, provocar un bien en el prójimo, en mis hermanos. Por eso es que el Reino exige conversión y fe. Porque la mentalidad mundana no entra. La cultura del descarte tampoco. El individualismo, el egoísmo autorreferencial, la búsqueda del propio bien incluso a costa del bien del otro, en el Reino no tienen lugar. Una vida que busca permanentemente salvarse en soledad y en el colmo del individualismo, procurándose el bien para sí sin mirar a los demás, sin tender una mano, sin ayudar, sin mirar, sin escuchar, sin abrazar a las víctimas, no tiene cabida en el Reino de Dios. El Reino es para los que creen, viven y aman de otra manera. Por eso es necesaria la conversión. Para alejar del corazón toda tentación de búsqueda del propio bien y “cortarse solo” para pensar la vida en sentido comunitario, colectivo, plural. Dejar de pensar en el “yo” para pasar al “nosotros”. Para sabernos y sentirnos hermanos. Para proclamar con voz firme y fuerte, con actos contundentes que “nos salvamos todos juntos o no se salva nadie”. Cambiar la mente y el corazón para creer de un modo renovado que deje afuera ritualismos y observancias, prácticas vacías que no terminan de decirle nada a nadie para pasar a ver, entender y sentir el mundo y la Iglesia desde la perspectiva del Evangelio de Jesús que es esencialmente y por sobre todas las cosas Ternura y Misericordia. Hacer el esfuerzo una y otra vez para no acostumbrarnos ni a Dios, ni a Jesús, ni a la acción salvífica del Espíritu Santo; para no acostumbrarnos a que “somos así y nunca vamos a poder cambiar”; para que la Palabra cale hondo en nuestro corazón y lo configure a imagen del Corazón de Jesús y podamos tener sus sentimientos, para que podamos imitar su vida, para que podamos participar de su Pascua. Convertirnos para dejarnos salvar por Jesús y así ser también nosotros anunciadores de Buenas Noticias para tantos hermanos que necesitan sentirse salvados por Dios y compartir así con ellos la alegría del Evangelio. Que tengas un lindo domingo lleno de la luz de Jesús que nos convierte el corazón para que sea cada vez más semejante al suyo.
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  • Donde vive Jesús, vivamos nosotros
    2024/01/13
    El texto de hoy es apasionante. Tiene su nudo y su centro en la pregunta de Jesús y en la respuesta-pregunta de los discípulos: “¿Qué quieren?”; “¿Dónde vives?” Me lo imagino como un momento cargado de tensión en el ambiente del diálogo. Lo cierto es que se resuelve no en palabras, sino en hechos, es decir, los curiosos discípulos van a ver dónde vive Jesús. Esto es lo paradigmático además del relato: ¡no se nos describe ni una palabra acerca de dónde vive Jesús! Lo cierto es que aquellos anhelantes buscadores de sentido encontraron algo que marcó tanto su vida que hasta le pusieron hora: las cuatro de la tarde. Hora más que simbólica, dado que en la antigüedad era cuando terminaba la jornada de trabajo y empezaba la tarde-noche. La hora del descanso. El tiempo del reposo. El ir haciendo síntesis del día vivido. Hasta ese momento se quedaron los discípulos. ¿Qué habrán visto? ¿Qué fue lo que los cautivó tanto? ¿Cuál habrá sido el hecho decisivo por el cual decidieron quedarse y proclamar a Jesús como Mesías? No lo sabemos. Lo cierto es eso. No lo sabemos. Y esto nos hace pensar a nosotros inmediatamente en nuestra propia vida. ¿Dónde vive hoy Jesús? Creo que es una de las grandes preguntas que nos podemos hacer. A Jesús, hoy, ¿dónde lo encuentro? Y la pregunta dispara para varios sentidos. ¿Dónde vive Jesús en el mundo? ¿Dónde vive Jesús en la Iglesia? ¿Dónde vive Jesús en mi vida de todos los días? ¿Dónde vive Jesús en la vida de tantos hermanos que caminan conmigo? ¿Cuáles son los “lugares” donde me encuentro con Jesús? Una de las tantas respuestas que me animo a dar es que Jesús está donde está la Vida. Creo que es una de las grandes claves de discernimiento de nuestra época. Si queremos descubrir a Jesús, vayamos detrás de la vida y denunciemos los lugares de muerte, ahí donde la vida es manoseada, maltratada, violada, vendida. Es un lindo ejercicio el poder examinar cuáles son los lugares de Vida para poder acrecentarlos o poder descubrir cada vez más a Jesús; y cuáles los lugares de no-Vida para poder llevar allí la Vida de Jesús. ¡Qué desafío grande este! Porque si no lo hacemos corremos el riesgo del acostumbramiento: siempre se hizo así. Y con eso la novedad siempre nueva del Evangelio de Jesús no puede entrar en el corazón. Así alimentamos estructuras caducas en la Iglesia, nos enquistamos, nos encerramos, y no tenemos nada nuevo para decirle al mundo; nuestro corazón se cierra y no le dejamos espacio al Espíritu de Jesús para que nos hable y nos conduzca; nos volvemos indemnes al sufrimiento de nuestros hermanos y lo justificamos diciendo que las cosas no pueden cambiar, o que es culpa de otros, o que siempre han existido los pobres y nosotros no lo vamos a revertir. Si nos acostumbramos, perdemos la novedad y perdemos a Jesús. Vamos a ser unos pobres tipos y mujeres que anden por la vida poniendo excusas pero sin jugársela en serio por aquello que amamos y nos apasiona: ser como Jesús y llevar la alegría del Evangelio a todos los hombres, especialmente los pobres. Abrile a Jesús las puertas de tu vida y de tu corazón. Descubrí donde vive. Y después, amá con locura. Esa misma que llevó a los discípulos a quedarse con Él hasta las cuatro de la tarde; esa misma locura que se entrega en la Cruz, para que todos tengamos Vida y Vida eterna. Que tengas un hermoso domingo y será si Dios quiere, hasta el próximo evangelio.
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