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Comentarios gracias al EVANGELIO

Comentarios gracias al EVANGELIO

著者: Sebastián García SCJ
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Sacerdote del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram. Apasionado por el Reino de Jesús. Y hermano de todos los varones y mujeres que transitamos a diario los caminos de este mundo.© 2026 Sebastián García SCJ スピリチュアリティ
エピソード
  • El César y Dios
    2026/10/18
    Quizás la frase que más resuene porque es la más conocida y más popular es la que dice Jesús como respuesta a la trampa que le ponen los herodianos: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Cristianos y no cristianos la solemos usar muy a menudo. Pero creo que equivocamos el sentido verdadero que encierra en sí la frase y que el mismo Jesús le quiere dar. A menudo usamos la frase para separar tantos y aguas: esto es esto y aquello es aquello. Una cosa es lo del César y otra lo de Dios. Y profundizamos: una cosa es la vida y otras es la fe; una cosa es la vida social, política y económica y otra es la religión. Decimos esto para no querer mezclar los tantos. Pareciera que hay que separar tantos. Incluso se corre el peligro de extremarlo: una cosa es el mundo y otra cosa es Dios, como si los dos no tuviesen nada que ver el uno con el otro. El sentido de la frase de Jesús, que aún hoy nos puede resultar enigmático creo que tiene que ver no con separar órdenes sino más bien con integrarlos. ¿Está bien pagar impuestos? ¡Claro que sí! ¿Es necesario venir los domingos a misa a compartir la fe? ¡Claro que sí! Pero ambas cosas no están en contradicción directa sino en plena integración. Un buen cristiano, paga impuestos, va a misa y por sobre todas las cosas, ama a sus hermanos más pobres. Usar la frase de Jesús como excusa sea para evadir impuestos, sea para no meterse en la vida social, política y económica es enfermizo. Es una esquizofrenia funcional, donde fe y vida no tienen nada que ver. Soy uno de lunes a viernes y sábados y domingos soy otro en la parroquia, en el movimiento, en la comunidad. Vivo de una determinada manera de lunes a viernes y de otra completamente distinta los fines de semana. “Soporto” la semana y “descanso” de mi vida sábado y domingo. Donde incluso puedo llegar a ser la persona más solidaria y comprometida que haya en el mundo y realizar grandes obras misioneras y de caridad. Casi como si me dividiera en dos: soy uno en la vida común de todos los días y soy otro en la “vida de Iglesia”. Por eso creo profundamente que la frase de Jesús es una frase muy jugada y que no elude en ningún momento la realidad y está lejos de negarla. Al decir “al César lo del César y a Dios lo de Dios”, claramente Jesús determina que ambas realidades tienen que ver una con la otra y que en definitiva una se subordina a la otra: el César a Dios. Esto quiere decir que el cristiano, discípulo misionero de no tiene “dos vidas”: tiene una sola. Y su vida de todos los días es su vida religiosa. Dios está en todo lo que hace. Más aún en el pagar impuestos. Toda la vida estalla de Dios. Y todo Dios estalla de mi vida. Es por eso que un discípulo de Jesús no le escapa a la realidad, no le escapa al mundo de la política, lo social y la economía. No le tiene miedo a esas cosas. Las asume como parte de su vida y las impregna de su fe. No vive con esquizofrenia. Vive con naturalidad, metiéndose en el barro de la historia, para descubrir allí a Jesucristo y también allí anunciarlo. En el corazón del mundo, el Corazón de Jesús. Bien adentro. Nunca afuera del mundo. Seamos cristianos en serio porque asumimos la tarea de seguir y anunciar a Jesús en la realidad del día a día de todos los días. Embarrándonos y jugándonos la vida en las realidades donde otros no quieran ir o donde otros no se quieran meter. Que allí haya Iglesia porque uno de nosotros es coherente y vive su fe. Que tengas un hermoso domingo lleno de la Pascua de Jesús
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  • ¡Todos a la viña!
    2026/10/02
    El evangelio de hoy que proclamamos en la liturgia son palabras dirigidas por Jesús a los doctores de la Ley los ancianos, es decir, aquellos que poseían el poder religioso en la época de Jesús. el gran problema de esta gente y que Jesús deja evidenciado en la parábola es que se equivocan: en algún momento se creen que son dueños. Pasan de ser meros administradores de una viña y se creen con total derecho sobre ella a tal punto de golpear, matar y apedrear a los servidores del verdadero dueño. Se olvidaron que son meros administradores. Se olvidaron que trabajan para alguien más y se hicieron ellos dueños y sus propios jefes. Esto Jesús lo aplica a la experiencia religiosa de Dios. De la misma manera que los fariseos, los doctores y los ancianos han privatizado a Dios. De alguna manera, como los de la viña, pasaron de ser administradores a creerse dueños. Han privatizado a Dios. Lo han hecho accesible solo a algunos que cumplen determinados ritos, pertenecen a una élite elegida, son parte de los iluminados y los elegidos. Para ellos Dios no es de todos y para todos sino sólo de algunos y para algunos. Como Iglesia no estamos exentos de esto. Nos puede pasar lo mismo de los viñadores de la parábola: dejar de ser servidores y pensar que somos dueños. Creer que Dios es solo nuestro y de nadie más. Y de esta manera dejamos gente afuera. por requisitos, por cláusulas canónicas, por prejuicios, por reglamentos; o porque pensamos que Dios está más cerca de nosotros, los que somos fieles, los que vamos a misa, los que participamos de instituciones parroquiales, grupos, movimientos… A veces corremos el riesgo de pensar que Dios es “más nuestro” que de otros. E incluso podemos caer en el mal del “hermano mayor” de la otra parábola. En vez de alegrarnos por la fiesta de hermanos que se encuentran o reencuentran con Jesús, nos entristecemos y pensamos más en nosotros que en ellos. Muchas veces nos pasa esto en el fondo del corazón. Y en vez de abrir puertas, como nos pide Francisco de Roma, las cerramos. Y nos olvidamos que hubo una época en la que nosotros no éramos cristianos, o lo éramos por costumbre o herencia, y no por elección personal. Y hubo Iglesia, hermanos, comunidad que nos presentó a Jesús, que nos recibió, que nos dio acogida. y que hizo fiesta porque volvíamos a ser de Jesús. Si esto nos pasó a nosotros, ¿por qué vamos a cerrar puertas y no hacer que pase con otros? ¡Abramos el corazón a Jesús y abramos el corazón a hermanos que quieren encontrarse con Él! Y otra lectura posible para poder reflexionar hoy es la de pensar literalmente en la viña como lugar y no como metáfora. La “Casa Común” como llama Francisco en Laudato Sí al mundo que habitamos los siete mil millones de personas que a diario lo caminamos, es de Dios y nosotros estamos para administrarla. No somos sus dueños. No somos propietarios de la Tierra. Somos sus habitantes por un instante de tiempo. Sin embargo hay poderosos que se han creído que son dueños. Y lo que era para todos, llamado “destinación universal de los bienes”, ha pasado a ser para algunos. Tierra, Techo, Trabajo, Agua, Vestimenta, Salud, Bienestar, Derechos Humanos… pareciera ser que no son para todos sino para algunos. De hecho el 20% de la población mundial acumula el 80% de la riqueza; así el restante 80% de la población mundial mendiga el 20% de los recursos del planeta. Producimos alimentos para alimentar tres veces la población mundial. Sin embargo mitad del mundo muere de hambre. Nos hemos olvidado que somos meros administradores, de la Misericordia de Dios y de la Casa Común que habitamos. Me pregunto como Iglesia Católica cuánto tiempo más permaneceremos callados frente a tantos pecados que claman al cielo. Te deseo un lindo domingo de la mano de la Resurrección de Jesús y será si Dios quiere, hasta el próximo evangelio.
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  • Dar cumplimiento es obrar bien
    2026/09/25
    ¡Qué lindo es este Evangelio de hoy, esta Palabra de vida que nos regala Jesús en la liturgia de hoy! Consta de una pequeña parábola pero que va a tener un efecto definitivo y definitorio en las relaciones que se establezcan en orden a la fe en Jesús y en el Padre. Jesús pregunta no “quién obró bien” sino más bien “quién cumplió la voluntad de su padre”. Porque estrictamente hablando y desde la mera lógica humana, el primero le responde de muy mala manera a su padre, casi cayendo en la deshonra: “No quiero”, le dice. Podría haber dicho otra cosa. Sin embargo, proclama lo que brota desde el fondo de su corazón: No quiero. Si nos guiamos por quién obró bien, podríamos decir el segundo. Ahora si nos preguntamos en profundidad quién cumplió la voluntad del padre, sin lugar a dudas el segundo. ¿Por qué? Porque le di cumplimiento a la voluntad del padre en su vida no con palabras sino con arrepentimiento y con obras. Fundamentalmente con obras. Esto no quiere decir de ninguna manera que no importe la palabra, pero tenemos que creer definitivamente que, como nos enseña San Ignacio de Loyola, el amor está más en las obras que en las palabras. Y no hay que olvidar que Jesús está hablando con fariseos: personas que hablaban mucho de Dios, pero que poco hacían por él; se llenaban la boca con palabras lindas pero no reflejaban de ninguna manera eso lindo que decían; se ataban a una ortodoxia del mero cumplimiento de leyes internas, sin poner alma y corazón, convenciéndose que con vacíos formalismos externos Dios se iba a quedar contento. Lo que importa es cumplir, el dogma por el dogma mismo, la ortodoxia fingida sin la adhesión del corazón, sin la concreción de la fe en la vida cotidiana. Por eso Jesús dice lo que dice de las prostitutas y publicanos. Ellos al principio dijeron “¡No quiero!” como el primer hijo. Pero al conocer el mensaje de Jesús, conocieron otro rostro de Dios Padre, se arrepintieron, es decir, sacaron por la fuerza del Espíritu todo lo que no tenía que ver con ser y sentirse hijo e hija de Dios y quisieron seguir a Jesús. Son los que cumplen no por cumplir y listo, sino que cumplen porque viven y adhieren a la propuesta de Jesús con todo su corazón. No se los juzga porque al principio pueden haber dicho que no. (¡Y cómo no decir que no al dios que proponían los fariseos de la época de Jesús!) Se los reconoce porque toman conciencia de su realidad y buscan que el mensaje de Jesús se haga carne y sangre, vida cotidiana, vida de todos los días y que esté en el día a día de todos los días. Son aquellos que viven tan a fondo su fe que no se distingue de su vida: su vivir es su fe y su fe es el amor puesto en obras. Hoy en nuestras comunidades corremos el riesgo de quedarnos con el mero formalismo falsamente ortodoxo de cumplir y pensar que por meros ritos, por lindas palabras, hermosos sermones y prédicas, charlas espirituales y retiros, por una mera adhesión externa al mensaje de Jesús sin que nos toque la médula, el alma y el corazón, vamos a ser cristianos. De ninguna manera. Si nuestra fe en Jesús no es una fe que se traduzca en obras sencillas pero contundentes de servicio y amor, especialmente en favor de los más necesitados y descartados por la sociedad de hoy, no habrá cristianismo posible. Tendremos grandes palabras acerca de lo que tenemos que hacer y grandes discursos, gestos vacíos y acostumbrados para decir y hacer siempre lo mismo sin poner pasión, garra y corazón a aquello que somos y vivimos. El mundo no cambia con tu opinión ni tu ritualismo ortodoxo; cambia con un corazón grande a imagen del Corazón de Jesús que hace nuevas todas las cosas y que pone en obras la fe que proclama con los labios. Quizás la clave de hoy sea sentirnos un poco prostitutas y publicanos. No por sus actos morales, sino porque supieron ver en Jesús la oportunidad de arrepentirse, de renovarse, de cambiar de rumbo, de sanar, de respirar aire libre y no viciado por el clericalismo de nuestras comunidades cristianas. Animarnos a dejarnos tocar por la Misericordia de Dios y pasar del cumplir al vivir y del decir al hacer. Te deseo un hermoso domingo lleno de la luz de la Pascua de Jesús. Y será si Dios quiere hasta el próximo evangelio.
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