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El compromiso del pacto 2 (Nehemías 10:30-39)

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Hermanos, en nuestro mensaje anterior comenzamos a considerar el compromiso que el pueblo de Jerusalén asumió delante de Jehová. Después de escuchar extensamente la Palabra de Dios, reconocer la santidad del Señor, recordar su historia y confesar sus pecados, aquellos hombres y mujeres comprendieron que su renovación espiritual debía manifestarse en decisiones concretas.

Habían llegado a un momento decisivo. Podían terminar aquella reunión profundamente emocionados, regresar a sus casas y conservar un hermoso recuerdo de lo sucedido, mientras poco a poco todo volvía a ser como antes. Pero ellos entendieron que la Palabra de Dios reclamaba algo más profundo. La convicción debía conducir al arrepentimiento, y el arrepentimiento debía producir una transformación visible en la manera de vivir.

Precisamente por eso Nehemías 9 termina diciendo, “A causa, pues, de todo esto, nosotros hacemos fiel promesa, y la escribimos, firmada por nuestros príncipes, por nuestros levitas y por nuestros sacerdotes” (Nehemías 9:38).

En la primera parte de Nehemías 10 vimos quiénes asumieron aquel compromiso. Nehemías aparece entre los primeros, seguido por sacerdotes, levitas, dirigentes y representantes del pueblo. Después, en Nehemías 10:28–29, encontramos al resto de la comunidad uniéndose voluntariamente a aquella determinación.

Pero todavía quedaba una pregunta fundamental. ¿En qué consistía concretamente su compromiso?

Decir “queremos obedecer a Dios” puede sonar muy hermoso. El verdadero peso de semejante declaración aparece cuando comenzamos a identificar aquello que tendrá que cambiar en nuestra vida para que esa obediencia sea real. Es relativamente fácil afirmar que amamos al Señor. La prueba llega cuando su voluntad entra en contacto con nuestros afectos, nuestras relaciones, nuestros negocios, nuestro dinero, nuestro tiempo y nuestras prioridades.

Eso es precisamente lo que encontramos en los versículos treinta al treinta y nueve.

El pueblo comenzó a identificar áreas específicas donde las generaciones anteriores habían fallado y decidió ordenar su conducta conforme a la ley de Dios. El pacto dejó de ser una declaración general y comenzó a tocar aspectos concretos de la vida cotidiana.

Así ocurre también con nosotros. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

El amor hacia Dios encuentra expresión en la obediencia. Por eso, al estudiar esta segunda parte de El compromiso del pacto, observaremos cómo aquella determinación alcanzó las relaciones familiares, la vida económica, el culto y las responsabilidades que sostenían el servicio de Dios.

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