A imagen de Dios, de las Homilías de San León Magno
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A IMAGEN DE DIOS
De la homilías de San León Magno.
Si fiel y sabiamente, amados hermanos, consideramos el principio de nuestra creación, hallaremos que el hombre fue formado a imagen de Dios, a fin de que imitara a su Autor. La natural dignidad de nuestro linaje consiste precisamente en que resplandezca en nosotros, como en un espejo, la hermosura de la bondad divina. A este fin, cada día nos auxilia la gracia del Salvador, de modo que lo perdido por el primer Adán sea reparado por el segundo. La causa de nuestra salud no es otra que la misericordia de Dios, a quien no amaríamos si antes Él no nos hubiera amado y con la luz de su verdad no hubiera alumbrado nuestras tinieblas de ignorancia. Esto ya nos lo había anunciado el Señor por medio de su profeta Isaías: Guiaré a los ciegos por un camino ignorado y les haré caminar por senderos desconocidos. Ante ellos tornaré en luz las tinieblas, y lo escarpado en llano. Cumpliré mi palabra y no les abandonaré (Is 42, 18). Y de nuevo: Me hallaron los que no me buscaban, me presenté ante los que no preguntaban por mí (Is 65, 1). De qué modo se ha cumplido todo esto, nos lo enseña el Apóstol Juan: Sabemos que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos la Verdad, y permanecemos en la Verdad, que es su Hijo (1 Jn 5, 20). Y también: Amemos a Dios, porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 19).
Dios, cuando nos ama, nos restituye a su imagen, y para hallar en nosotros la figura de su bondad, nos concede que podamos obrar como Él obra, iluminando nuestras inteligencias e inflamando nuestros corazones, de modo que no sólo le amemos a Él, sino también a todo cuanto Él ama. Pues si entre los hombres se da una fuerte amistad cuando les une la semejanza de costumbres, ¡cuánto más deberemos desear y esforzarnos por no discrepar de aquellas cosas que Dios ama! Pues ya dijo el Profeta: Porque la vida está en su voluntad (Sal 29, 6), ya que en nosotros no estará de ningún modo la majestad divina, si no procuramos imitar en todo la voluntad de Dios. Dice el Señor: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma (...) Amarás al prójimo como a ti mismo (Mt 12, 37-39).
Así pues, reciba el alma fiel la caridad maravillosa de su Autor, y sométase toda a su voluntad amando en todo a los hermanos, porque en las obras y juicios de Dios nada hay vacío de verdad y de justicia, de compasión y de clemencia (...). Ejercitemos constantemente la oración, por la que buscamos el amor de Dios, la humildad por la que apagamos la concupiscencia de la carne, y la caridad por la que se perdonan los pecados. De este modo, se irá restaurando en nosotros la imagen de Dios si estamos siempre preparados para tratar a Dios como un verdadero Padre, si somos perseverantes en nuestra purificación interior y si de continuo procuramos el bien de nuestro prójimo. Esta triple observancia sintetiza los afectos de todas las virtudes, nos hace llegar a la imagen y semejanza de Dios y nos une inseparablemente al Espíritu Santo. Así es: en las oraciones permanece la fe recta; en la humildad, la vida inocente, y en la caridad, nuestra benignidad.
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