『802. Inanna y los Me (Mito Sumerio)』のカバーアート

802. Inanna y los Me (Mito Sumerio)

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez, hace miles de años entre los ríos Tigris y Éufrates, una época en que el cielo y la tierra apenas acababan de separarse. En aquel tiempo vivía Inanna, la radiante diosa del amor, la fertilidad y la guerra, venerada en la gran ciudad de Uruk. Inanna no era una diosa que tuviera roles pasivos o domesticos, ella encarnaba para los sumerios todas las fuerzas dinámicas y contradictorias y además tenía un enorme poder sobre los destinos de su pueblo.

Inanna lo tenía casi todo, pero sentía que a su pueblo le faltaba lo más valioso: los secretos para construir una verdadera civilización. Esos secretos se llamaban los Me, que eran un conjunto de leyes sagradas, decretos divinos y conocimientos que abarcaban desde la escritura, la justicia y la música, hasta la mentira, la artesanía y el poder de los reyes. Nadie que no fuera un dios podía poseerlos sin permiso, y su guardián era el dios más sabio y astuto de todos: Enki, señor de las aguas dulces subterráneas, quien residía en su santuario subacuático de la ciudad de Eridu.

Inanna veía con recelo como los sumerios pese a servirles a los dioses con lealtad no conocían los Me para poder usarlos a su gusto. Decidida a conseguirlos, Inanna emprendió el viaje hacia las profundidades de Eridu. Al verla llegar, deslumbrante y gallarda, El dios Enki ordenó a sus sirvientes preparar un banquete formidable.

—Preparen cerveza , sirvan pasteles de cebada y llenen las copas de mi invitada —instruyó Enki a sus sirvientes.

Entre risas, música y brindis, el banquete se prolongó durante horas. El dios del agua dulce, embriagado por la fiesta y la conversación de la diosa, comenzó a mostrarse espléndido y confiado.

—¡Por el honor de la diosa Inanna! —proclamó Enki levantando su copa—. Te entrego el oficio del escriba, la corona del rey y la sabiduría de los sacerdotes.

Inanna, con la mente tan clara como el agua de manantial, sonrió y fue guardando cada uno de los Me en su embarcación divina, la Barca del Cielo. Enki continuó bebiendo y regalando:

—Te entrego el arte de tejer, el trabajo del metal, la verdad, la diplomacia, los cantos del templo e incluso el luto y la victoria y así durante toda la noche el dios Enki seducido por la belleza y elocuencia de Innana fue entregando y entregando muchos de los Me que poseía y que solo estaban inicialmente dedicados para los Dioses.

Uno a uno, Inanna cargó los más de cien decretos sagrados. En cuanto la barca estuvo repleta, desató las amarras y zarpó veloz a favor de la corriente rumbo a Uruk.

A la mañana siguiente, cuando los efectos de la cerveza se desvanecieron, Enki despertó con la cabeza pesada. Recorrió su salón y, al mirar a su alrededor, descubrió el vacío sus cofres con los Me estaban vacíos.

—¿Dónde están las insignias del trono?¿Quién se ha llevado las leyes sagradas?

Su fiel mensajero, Isimud, bajó la mirada temeroso:

—Señor, anoche, entre copas y cantos, se los entregaste todos a Inanna.

Encolerizado por haber sido burlado, Enki convocó a los monstruos marinos de las profundidades y ordenó a su emisario:

—¡Alcancen la Barca del Cielo! Detengan a Inanna y traigan de vuelta los Me, cueste lo que cueste.

Hasta siete veces los monstruos y demonios del abismo intentaron emboscar la embarcación en los recodos del río. Sin embargo, Inanna contaba con la ayuda de su leal consejera y guerrera Ninshubur, quien con espada y escudo rechazó a las criaturas acuáticas una tras otra, protegiendo la carga divina en cada asalto.

Cuando las murallas de Uruk finalmente aparecieron en el horizonte, Enki comprendió que la diosa había triunfado con su propia astucia. Reconociendo el valor y la tenacidad de Inanna, el sabio dios depuso su ira y selló la paz con ella.

Al desembarcar en el muelle de Uruk, Inanna abrió las compuertas de la barca y repartió los dones divinos entre los seres humanos. Desde aquel día, el pueblo sumerio aprendió a construir canales que reverdecieron el desierto, a construir casas y palacios, a tejer y a dominar el arte de la metalurgia, a gobernarse con orden y justicia y lo más importante de todo por primera vez en la historia de la humanidad a registrar sus historias en tablillas de arcilla, comenzando así el primer hito de el crecimiento cultural de la humanidad.

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