エピソード

  • 4. Izquierdas - o cómo ser bueno y tener razón
    2025/02/21

    ¿Por qué las discusiones políticas suscitan emociones tan intensas? ¿De qué modo se encuentran enredadas en nuestra psicología e identidad para justificar que parezcan importarnos más que nuestros asuntos personales, en ocasiones más que nuestras propias vidas?

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    9 分
  • 3. Parejas - o el arte de construir cajitas perfectas e infinitas
    2025/02/14

    ¿Qué une a dos personas y qué les hace romper? Las misma claves sencillas y evidentes resuelven los dos misterios.


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  • 2. Orgasmos simultáneos - o el hongo que ha invadido el universo
    2025/02/10

    «… él terminó al mismo tiempo, lo cual no era del todo su intención, pero estuvo bien de todos modos, fue perfecto, de hecho», dice Sally Rooney en su última novela, Intermezzo. Los personajes de Sally Rooney tienen sexo «perfecto» y terminan al mismo tiempo con sospechosa frecuencia. Cosas de la atmósfera irlandesa, supongo.

    Rooney ha declarado en repetidas ocasiones que sus novelas no son autobiográficas, que para ella una obra literaria, suya o de quien sea, se sostiene por sí misma independientemente de su autor. En una entrevista reciente, en un tono defensivo que a mí me sonó muy poco honesto, llegó a afirmar que nunca ha sentido curiosidad por las vidas de otros escritores, que jamás ha leído una biografía y que ha llegado siempre hasta ellos, incluso los más célebres, sin contexto alguno.

    Hay un tipo de lector (al que, tomando prestada la terminología de Barthes, podríamos llamar «pasivo») que acepta sin problema estas declaraciones. Es el mismo tipo de lector que, ante la descripción de una de sus escenas de sexo «perfecto», se dice a sí mismo: «Pues va a ser verdad que todo el mundo termina al mismo tiempo menos yo». Este lector no cree, evidentemente, que los personajes sean reales, pero sí se cree que ellos y él habitan una realidad parecida. El autor, para él, no es una persona concreta, sino una voz repleta de autoridad.

    Otros somos mucho más desconfiados. No perdemos de vista en ningún momento que el autor nos está presentando su interpretación del modo en que funcionan el mundo y las personas, lo cual provoca que, ante la escena anterior, nos preguntemos por qué Rooney quiere vendernos sexo limpio, sin conflictos ni disarmonías, «perfecto»: ¿se encontrará la respuesta, quizás, en su biografía? ¿Quizás quiere presentarse como alguien que no concibe en el placer nada más que «éxitos», no vaya a ser que críticos y público cuestionemos su propia adecuación sexual?

    Nada existe aislado, y menos que nada nuestras obras. Mi cerebro es una red de redes que se referencian entre sí, de conexiones neuronales inextricables. A primera vista parece que esta red está encerrada en mi cráneo, netamente separada del resto del universo. Pero su configuración depende por completo de todo lo que está fuera de ella, de todo lo que referencia y a lo que se adapta a cada instante. Tentáculos invisibles emergen de nuestras cabezas para enredarse en todo aquello que llamamos «realidad».

    También los textos son redes internas y conectadas. Las palabras se repiten, los párrafos se referencian entre sí, se agrupan en racimos de nodos formando estructuras y subestructuras, ramajes que se subdividen, paréntesis, subordinaciones. Encerrados en un libro de papel o, como estas líneas, quizás, en un teléfono móvil, parecen objetos aislados, independientes del mundo, y sin embargo consisten exclusivamente en conexiones, en nervios o filamentos que se expanden en las seis direcciones cardinales, incluyendo el pasado y el futuro.

    Cuando el lector abre un libro o un correo, los tentáculos invisibles del texto saltan a la velocidad de la luz a través de sus ojos directamente hasta su cerebro para enredarse con su propia red interior. Mientras dura la lectura, se encontrará conectado al mundo (que es su representación) a través de las palabras del autor. Lo cual lo enredará a su vez, de un modo mediado, con la red neuronal del autor mismo.

    Esta es la intimidad que teme Sally Rooney.

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  • 0. Presentación
    2025/02/09

    Un boletín semanal que explora, a partir de historias personales y temas de actualidad, nuestra ubicación en las corrientes globales de la historia, la filosofía y la cultura.

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  • 1. Vagos - O las consecuencias perversas de ser trabajador
    2025/02/08

    «Eres vago hasta para comer» me dijo mi abuela cuando tenía doce años, porque no me gustaban ni el conejo ni ningún corte de carne que requiriera trabajo. Me impacientaban aquellos huesecillos minúsculos de los que colgaban recompensas miserables.

    «Vago» era uno de los peores insultos que conocía mi abuela, y que oponía a la alabanza suprema, «trabajador» (solo superada, quizás, por la virtud de los «ahorradores»). Por suerte, el compás moral que había heredado de mis padres me permitía tomarme aquel juicio a la ligera. Incluso entonces me daba cuenta de que uno podía ser «vago» para unas cosas y «trabajador» para otras, que «vago» no suponía la descripción de una esencia, la codena de una identidad ineludible, quizás genética, sino una descripción situacional. «Claro que soy vago para el conejo», podía responderle, «¿y por qué no, si me da igual?».

    Hoy sigo sin comer conejo y sin «limpiar» los recovecos de las costillas de cordero, pero ni siquiera mi abuela, que aún vive (tiene 92 años este enero que probablemente sea el último), me llama «vago» ya. Desde luego no me lo llaman en el trabajo, esa piedra de toque de la laboriosidad, ni me lo llama Molly, mi pareja, que sufre mi presencia constante. Al contrario, en la oficina me toman por «trabajador» y Molly se asombra periódicamente de mi «disciplina»: los unos porque produzco, porque no me distraigo mirando internet o yendo de compras en mitad de la jornada laboral, la otra porque me dedico a mis propósitos (el volumen de mis escritos y mis lecturas, fundamentalmente) con una asiduidad que a ella misma le elude.

    Pero lo cierto es que están todos tan equivocados como lo estaba mi abuela hace treinta años. Porque la pregunta fundamental sigue siendo: «vago para qué», «trabajador para qué». Yo soy, hoy como entonces, y como todos, vago para lo que me cuesta (para lo que no me importa) y trabajador para lo que me gusta, es decir, para lo que no puedo evitar.

    Y aquí es donde las cosas se vuelven interesantes y complejas. Porque la palabra «vago» no es única, sino que pertenece a una categoría muy amplia que incluye todos los juicios de valor. Cuando mi abuela me llamaba vago en 1990, no estaba haciendo una observación neutra, una anotación al margen para su información y la mía (como si hubiera dicho: «los calcetines se encuentran en el cajón de la derecha»), sino que estaba tratando de influenciar mi comportamiento mostrándome su censura. El mensaje contenía una carga emocional («vales menos a mis ojos si no comes conejo o no limpias las costillas de cordero») con la que asegurar un refuerzo de prioridades en mi entramado neuronal.

    Los juicios de valor no son un simple fenómeno psicológico, una herramienta entre otras, sino el modo en que nos construimos los unos a los otros y en que se construye también la sociedad, de la historia a la economía, la política o la moda. Si yo paso hoy por trabajador, por ejemplo, a cuenta de levantarme tres horas antes de entrar a la oficina para escribir mis novelas, eso se debe a que mi padre ungió la palabra «escritor» con la misma reverencia que usaba mi abuela para «ahorrador», y a que el mundo, tras él, reforzó estos juicios alentando en alguna medida mis esfuerzos.

    La realidad, la propia y la ajena, se desarrolla siguiendo patrones inteligibles pero impredecibles porque, aunque los valores son evidentemente contagiosos (su propia naturaleza busca la transmisión, la influencia), es imposible calcular o controlar con qué otros valores acabarán combinándose, de qué modo interactuarán con el entorno, viéndose reforzados o censurados. Evidentemente, mi abuela no habría sido capaz de anticipar (ni, por cierto, aprobaría) que su afán de que todos sus descendientes fuéramos «trabajadores» acabaría derivando en la escritura de estas notas.

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