『Libro 6: Catedrático imperial y catecúmeno en Milán』のカバーアート

Libro 6: Catedrático imperial y catecúmeno en Milán

Libro 6: Catedrático imperial y catecúmeno en Milán

無料で聴く

ポッドキャストの詳細を見る

«¡Esperanza mía desde mi juventud! ¿Dónde estabas para mí o a qué lugar te habías retirado?».

Así se abre el Libro VI de las Confesiones, que narra dos años densísimos en la vida de san Agustín: de los treinta a los treinta y dos (384–386), ya afianzado como catedrático imperial de retórica en Milán, catecúmeno de Ambrosio y atravesado por una inquietud que no le deja vivir.

El libro se abre con la llegada de Mónica a Milán, tras seguir a su hijo por mar y tierra, tranquilizando incluso a los marineros durante la tormenta porque sabía que Dios le había prometido una travesía segura. Al enterarse de que Agustín ya no es maniqueo, no salta de alegría: «me respondió con mucho sosiego… que ella creía en Cristo que antes de salir de esta vida me había de ver católico fiel». Junto a esta escena, la memorable obediencia de Mónica cuando Ambrosio prohíbe la costumbre africana de llevar vino a las tumbas de los mártires.

Ambrosio está en el centro del libro. Agustín lo admira, lo escucha cada domingo, lo observa leer en silencio —una de las páginas más curiosas de la literatura antigua— y, sin pretenderlo, empieza a recibir por los sermones del obispo una lectura espiritual del Antiguo Testamento que desmonta sus viejas objeciones. «La letra mata, el espíritu vivifica»: la fe católica deja de parecerle absurda, aunque aún no se atreve a abrazarla del todo.

En medio de la carrera mundana, Agustín vive una epifanía inesperada en una calle de Milán al cruzarse con un mendigo borracho y alegre. Él, que prepara un panegírico del emperador lleno de mentiras, comprende que aquel pobre ha conseguido en unas monedas la misma alegría temporal que él persigue entre angustias: «él estaba alegre y yo angustiado, él seguro y yo temblando».

Entra entonces en escena Alipio, amigo entrañable de Tagaste, a quien Agustín había apartado del circo cartaginés y a quien Dios arrancará después, en Roma, de la pasión por los juegos gladiatorios en una de las escenas más famosas de la obra: Alipio cierra los ojos decidido a no mirar, pero al oír el clamor de la muchedumbre, los abre y «bebió con la sangre la crueldad». Se narran también su falsa acusación como ladrón en el foro y su íntegra labor como asesor, negándose al soborno y a la amenaza de un senador poderoso. Llega también Nebridio, dejando patria, hacienda y madre para unirse a ellos. Tres bocas hambrientas de verdad.

El libro culmina con los grandes dilemas de Agustín ya con treinta años: el sueño frustrado de una comunidad filosófica con los amigos, deshecho por la cuestión de las mujeres; los planes de matrimonio impulsados por Mónica con una niña aún no núbil; y, sobre todo, la dolorosísima separación de la mujer con la que había convivido casi quince años, madre de Adeodato, que vuelve a África haciendo voto de castidad. Agustín, incapaz de esperar dos años, toma otra concubina, y su herida, lejos de sanar, se infecta: «doliendo tanto más desesperadamente cuanto más se iba enfriando».

Atraviesa todo el libro el miedo a la muerte y al juicio futuro, que se mantiene firme en él incluso cuando casi cede al epicureísmo. Y esa voz de Dios en el fondo: «Corred, yo os llevaré».

Un libro sobre la fe que nace entre la prisa y la dispersión, los amigos que se tambalean juntos y una madre que espera lo que aún no ve.

Traducción: Ángel Custodio Vega Rodríguez, revisada por José Rodríguez Díez.

Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, para sostener las obras de caridad del Santo Padre León XIV.

adbl_web_anon_alc_button_suppression_t1
まだレビューはありません