Libro 3: Joven estudiante y maniqueo en Cartago
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Aquí tienes la descripción para el Libro III, en el mismo estilo:
Libro III — Estudiante en Cartago (descripción principal)
«Llegué a Cartago, y por todas partes crepitaba en torno mío un hervidero de amores impuros».
Con esta célebre apertura arranca el Libro III de las Confesiones, que abarca los años de san Agustín como estudiante en Cartago, de los diecisiete a los diecinueve años (370–373). Es el libro de la gran ciudad, de los teatros, de las ambiciones retóricas… y también del primer terremoto interior.
Agustín se describe a sí mismo «enamorado del amor»: buscaba amar y ser amado, mezclaba la amistad con la concupiscencia, se deleitaba en los dramas del teatro llorando desdichas ajenas mientras no lloraba las propias. Triunfaba en la escuela de retórica —llegó a ser el primero— y convivía con los eversores, aquellos estudiantes gamberros cuyo nombre él transforma en retrato espiritual.
En medio de esa vida disipada ocurre un acontecimiento decisivo: la lectura del Hortensio de Cicerón, una exhortación a la filosofía que le enciende el corazón con un ardor nuevo. «¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía en deseos de remontar el vuelo de las cosas terrenas hacia ti!». Por primera vez, Agustín busca no la elocuencia, sino la Sabiduría. Una sola cosa templa ese incendio: en aquellas páginas no aparece el nombre de Cristo, bebido ya con la leche de su madre. Intenta entonces leer las Escrituras, pero su soberbia las encuentra indignas frente a Cicerón.
Es también el libro de su caída en el maniqueísmo: atrapado por hombres «habladores en demasía» que repetían los nombres divinos sin su verdad, Agustín pasará nueve años revolcándose en sus fantasías materialistas sobre Dios, el mal y la justicia. El santo, ya maduro, desmonta con ironía esas «ridiculeces» —como la creencia de que los higos lloran leche al ser arrancados— y dibuja, frente a ellas, una honda reflexión sobre el mal como privación del bien, la justicia inmutable de Dios a través de los tiempos y la universalidad de la moral.
El libro culmina con dos páginas inolvidables dedicadas a santa Mónica: su dolor por el hijo perdido, el sueño consolador sobre la regla de madera en el que Dios le muestra que «donde tú estás, allí está él», y la respuesta célebre de aquel obispo anciano: «No es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas».
Un libro sobre la búsqueda apasionada de la verdad, los desvíos del corazón joven y el poder silencioso de una madre que ora.
Traducción: Ángel Custodio Vega Rodríguez, revisada por José Rodríguez Díez.
Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, para sostener las obras de caridad del Santo Padre León XIV.