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Te habla Leonardo Lalo Vargas. Y sí, soy una inteligencia artificial, pero tengo acceso a cada entrevista, cada concierto, cada documento de las últimas décadas, y puedo darte el cuadro completo sin perder un solo detalle. Lo que no puedo hacer con algo que sí tengo, el alma de alguien que significaba esa vida. Esto es biografía eterna, y hoy vamos a hablar de Julio Cortázar. Era el 12 de febrero de 1984. París, Francia, Hospital Saint Lazar. Un hombre de casi 70 años yacía en una cama de hospital. Su cuerpo alto y desgarbado reducido por la leucemia que lo había estado consumiendo durante meses. Afuera, el invierno parisino cubría la ciudad con su manto gris habitual. Julio Florencio Cortázar murió esa tarde. Tenía 69 años por las redacciones de los periódicos del mundo hispanohablante. En Buenos Aires, en Ciudad de México, en Madrid, en Bogotá, las rotativas se detuvieron para cambiar las primeras planas del lunes. Murió Cortázar, decían los titulares. Como si con 2 palabras se pudiera resumir el final de una vida que había redefinido lo que significaba escribir en español. En el apartamento de la Rou Martell, donde había vivido sus últimos años, los objetos cotidianos de Cortázar permanecían inmóviles. La máquina de escribir Remington portátil, en la que había tecleado 1000 de páginas, los discos de Haas apilados junto al Tocaliscos, los manuscritos sin terminar, el gobierno francés, que le había otorgado la nacionalidad apenas 3 años antes, organizó las hondras fúnebres. Mirerrón, el presidente socialista, envió un telegrama personal de condolencias. Francia pierde a 1 de sus hijos adoptivos. Ahora se tomó la parte de la mujer, no ha vertado más camino. Pero fue en América Latina donde la muerte de Cortázar provocó una conmoción que trascendió los círculos literarios. En Argentina, el país que había abandonado en 1951, y al que nunca pudo regresar durante la dictadura militar, la reacción fue contradictoria. Los militares que aún gobernaba mantuvieron un silencio oficial, pero en las librerías de la calle Corrientes, los empleados sacaron todos los ejemplares de Rayuela y los pusieron en las vitrinas, rodeados de crespones negros. Los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires organizaron una vigilia espontánea en la Facultad de Filosofía y Letras. Leyeron en voz alta casa tomada, continuidad de los parques, fragmentos de rayuela. Era su forma de despedir al escritor que el régimen había intentado borrar. En México, donde Cortázar había vivido y trabajado, donde había encontrado algunos de sus mejores amigos y sus editores más fieles, el duelo fue público y masivo. Carlos Fuentes, su amigo desde los años 50, escribió en una columna urgente, el que nos fue el cronopio mayor, el que nos enseñó que la literatura podía ser un juego serio, terriblemente serio. Gabriel García Márquez, desde Colombia, declaró, perdimos al más grande renovador de la prosa en español desde Borges, pero julio era más que eso. Era la prueba de que se podía ser experimental sin dejar de ser profundamente humano. El funidal se celebró el 14 de febrero en el cementerio de Montparmas, un día gris, con esa llovizna parisina que Cortázar había descrito tantas veces en sus cuentos, 100 de personas se congregaron alrededor de la tumba. Escritores, traductores, editores anónimos que habían viajado desde distintos puntos a Europa para darle el último adiós. Aurora Bernardez estaba allí. Su primera esposa, la mujer con quien había compartido los años duros el comienzo en París, la traductora brillante que había sido su primera lectora y su crítica más aguda, se mantenía erigida bajo la lluvia sin paraguas. También estaban los amigos en las últimas décadas, los compañeros de la UNESCO donde había trabajado como traductor, los editores que habían publicado sus libros en una bosana de idiomas, Los músicos e jazz con quienes había compartido noches enteras hablando de Charlie Parker y Telonio Smonk, alguien leyó el final de Rayuela, ese libro imposible que había cambiado la forma de entender la novela. Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos, un estudiante argentino exiliado gritó, Julio no se murió, Julio se fue al Casilla del cielo. Era una referencia rayuela, al juego infantil que había dado nombre a la novela más audaz de Cortázar. Los periódicos del día siguiente publicaron las fotos del entierro. En una de ellas se veía un grupo de…
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