Humillacion a la virgen y a los Huamantlecos
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Humillacion a la virgen y a los Huamantlecos lo que se vio este fin de semana un espectáculo que habrá de recordarse no por su piedad, sino por su desaparo moral. Cuando Sánchez García, candidato de Morena, llegó a Casa-Museo Carito acompañado de su esposa Marcela la no tlaxcalteca para "colaborar" en el bordado del vestido de la Virgen de la Caridad, sucedió lo que cualquier persona mínimamente advertida ya sabía que iba a suceder: la instrumentalización política de la fe llegó a Huamantla con toda su carga de cinismo.
No es la primera vez en la historia contemporánea de Tlaxcala que vemos cómo los símbolos religiosos más sagrados se convierten en trampolines electorales. Pero esta vez, el desprecio fue especialmente atroz porque no se limitó a una genuflexión fotográfica de tres segundos. No. Se trató de una ocupación calculada de un espacio consagrado a la tradición, a la fe genuina, a esos gestos de devoción que las bordadoras de Huamantla han repetido, año tras año, con las manos gastadas y el corazón entero. Las bordadoras de la Virgen de la Caridad no eran, hace una semana, figuras públicas. Eran mujeres anónimas cuya dedicación se conocía solo en Huamantla, solo entre quienes realmente entienden qué significa preparar el traje de la Noche que Nadie Duerme. Pero cuando los políticos llegan con sus sonrisas de campaña y sus fotógrafos personales, esas mujeres se convierten en utilería. Se convierten en el decorado de una farsa.
¿Qué debemos llamar a esto? La Academia nos ofrece términos precisos. Instrumentalización política de la fe. Demagogia religiosa. Oportunismo político-religioso. Populismo que se disfraza de penitencia. Porque aquí ocurre algo fundamental: cuando un candidato utiliza la religión como capital político, está cometiendo un acto de suplantación. Está fingiendo que su devoción es igual a la de quienes verdaderamente creen. Y eso, en cualquier código moral que merezca ese nombre, es un acto de violencia. Lo más ofensivo no es la foto. La foto es solo la evidencia. Lo más ofensivo es lo que la foto significa: que para esta gente, la fe de Huamantla es negociable. Que la tradición más pura de este pueblo puede ser convertida en mercancía electoral. Que las manos que bordan pueden ser manipuladas como símbolos de autenticidad mientras en realidad se está cometiendo un robo.
Recordemos el contexto. Hace cinco siglos, la Virgen de la Caridad fue bordada por primera vez. Durante quinientos años, esa práctica se mantuvo como un acto de fe genuina, de comunidad, de identidad huamantleca. Y ahora, en plena campaña electoral, cuando a la clase política le conviene parecer devota, aparecen con sus esposas y sus equipos de comunicación para compartir un puntada, para compartir una foto, para compartir el capital simbólico que otras mujeres construyeron con auténtica devoción. Los huamantlecos tienen derecho a sentirse ofendidos. No por una cuestión de falta de sofisticación política, sino por un acto de profanación. Porque profanar significa sacar de lo sagrado, convertir lo santo en mercancía. Y eso es exactamente lo que ocurrió en Casa-Museo Carito.
Cuando Marcela posteó su mensaje agradeciendo a las bordadoras, utilizó un lenguaje que simula piedad. "Cada puntada guarda una historia", escribió. Sí. Cada puntada guarda la historia de mujeres que bordaron porque creían. Que bordaron en el anonimato. Que bordaron sin que ningún candidato viniera a compartir su fe de cara a las